Pequeño tratado del
decrecimiento sereno, de Sèrge Latouche
Icaría
Barcelona
2009
El economista y
filósofo francés Sèrge Latouche es uno de los principales representantes del
movimiento decrecentista. También es, todo sea dicho, uno de sus escasos
partidarios frente a un amplio espectro de economistas que, o bien están
alineados dentro del stablishment
neoliberal (es decir, la mayoría de economistas, que siguen la tradición del
“Estado mínimo” ya formulada por Friederich Von Hayek y Milton Friedman) o los
economistas críticos (que siguen la tradición keynesiana del “Estado social”,
como Joseph Stiglitz o Viçens Navarro). Su planteamiento es sencillo de
explicar pero difícil de asumir: no
podemos crecer ilimitadamente en un planeta cuyos recursos son finitos, aunque
sí es posible una sociedad en la que se viva mejor, trabajando y consumiendo
menos.
En continuidad con una trayectoria intelectual dedicada a desenmascarar
la violencia de la occidentalización del mundo y la crítica a la idea etnocéntrica
de desarrollo, no sólo económico y cuantitiativo, sino también civilizatorio y
cultural, Latouche se ha consagrado desde la primera década del siglo XXI a
formular una teoría del postdesarrollo. Se trata de una utopía política que
escapa al fundamento “productivista” que ha acompañado a todas las grandes
tradiciones políticas del siglo pasado: liberalismo, nacionalismo, socialismo,
comunismo, etc. Este Pequeño tratado del
decrecimiento sereno es un breve opúsculo que pretende señalar, con un
lenguaje sencillo y accesible, algunas de las pistas más importantes de cara a
una sociedad de menor consumo y mayor calidad de vida. Efectivamente, frente a
las críticas que lo sitúan entre “una vuelta a las cavernas del pasado” y una
“resignación ante el capitalismo”, la opción del decrecimiento se muestra, por
un lado, acompañada por las ventajas del tiempo histórico en el que vivimos
(convivencia intercultural de las sociedades, tecnologías limpias y renovables,
exceso acumulado de producción, etc.), pero, además, supone una salida a lo que
denomina el “círculo vicioso” del desarrollo: ese circuito cerrado que conduce
de la hiperactividad laboral a la hiperactividad consumidora, y ésta, de nuevo,
al desenfreno competitivo del trabajo. Latouche lo resume con un ejemplo
sencillo: no se trata ni de volver a andar descalzo como antes ni de tener 10
pares de zapatos, sino de tener dos pares buenos y duraderos.
El boucle laberíntico que se produce entre la oficina y el centro
comercial, causante de no pocas depresiones, estrés, obesidad y ansiedad, se
explica mediante tres causas principales: “la publicidad, que crea el deseo de
consumir; el crédito, que proporciona los medios; y la obsolescencia acelerada
y programada de los productos, que renueva la necesidad”.
Frente a este círculo vicioso del desarrollo, Latouche propone el círculo virtuoso del decrecimento y las
ocho «R»: 1) Reevaluar, es decir, cambiar los valores actuales del
individualismo competitivo y consumidor por los valores del altruismo, la
cooperación, el goce y el juego; 2) Reconceptualizar, como ocurre con ciertos
pares de conceptos del tipo “riqueza/pobreza” o “escasez/abundancia”, para
liberar las palabras de su visión desarrollista convencional; 3) Reestructurar,
lo cual supone orientar el sentido de la producción hacia el decrecimiento: compartiendo
el empleo, cambiando las fuentes de energía, etc; 4) Redistribuir, tanto la
riqueza (gravando las transacciones financieras, aumentando los impuestos a las
grandes fortunas o eliminando los paraísos fiscales) como el acceso al
patrimonio natural tanto en el Norte como en el Sur (por ejemplo, reembolsando
la deuda ecológica que el Norte tiene con el Sur); 5) Relocalizar, lo que
implica mutar la visión de la ciudad por la “ecorregión”, la “ecópolis”, como identidad
a la vez política y ecológica capaz de producir los bienes esenciales y lograr
la autosuficiencia alimentaria y energética, con su consecuente reducción de la
dependencia externa, el abuso de los transportes, el consumo de productos fuera
de temporada, etc; 6) Reducir, la propuesta es clara: limitar el hiperconsumo,
dado que el 80 % de artículos comercializados sólo los usamos una vez, pero
también reducir las horas de trabajo, el gasto en publicidad, el turismo de
masas o el gasto energético, con la imposición de ecotasas; 7) Reutilizar y 8)
Reciclar. En el caso del hemisferio Sur, cabría plantear también nuevas «R»
como Romper, Reanudar, Recobrar, Reintroducir, Recuperar, etc., mostrando el
carácter diverso del postdesarrollo, su “pluriversalidad”.
Aunque el decrecimiento es un proyecto político para una sociedad cuyos
partidos ya no tienen otra utopía que ofrecer más que la gestión de la urgencia,
la precariedad y el estado de excepción, Latouche considera que el cambio
primordial debe incidir en el estilo de vida que tenemos, en nuestra cultura
todavía colonizada por el violento imaginario del crecimiento. Hoy es
impensable un programa político de este tipo porque sencillamente la sociedad
no está preparada para asumirlo. Latouche llega a afirmar que el continente
mejor situado para esta transición es África, donde los efectos del
colonialismo occidental no están tan arraigados como en el Sudeste asiático o en
América.
Por tanto, la propuesta es clara: una mutación cultural al alcance de cualquiera,
que pasa por recuperar ciertos valores no muy antiguos, que podemos encontrar
tanto en las culturas poco occidentalizadas como en nuestras abuelas, es decir,
disfrutar de la lentitud, la familiaridad, el intercambio, valorar nuestro
territorio local, las energías renovables, la abundancia de tiempo libre, etc;
pero también de incorporar nuevos valores: las ventajas de aprender distintas
profesiones a lo largo de la vida, consumir menos carne, la supresión de las
necesidades inútiles, la compatibilidad entre frugalidad voluntaria y
bienestar, etc. Es decir, “redescubrir la calidad por fuera de las lógicas
mercantiles, haciendo decrecer los valores económicos”. El escenario que
imagina Latouche para este siglo XXI es el de una política marcada por el imperativo
de la huella ecológica, la crisis medioambiental y el hambre. De hecho, el
discurso decrecentista podría ser apropiado por neofascismos autoritarios
vinculados a empresas biotecnológicas o farmacéuticas. Por tanto, propone una
nueva dualidad entre partidos sensibles a la ecología y partidos que no lo son.
De todos modos el decrecimiento podemos aceptarlo más como una ruptura
con el discurso dominante del “crecimiento” y las prácticas dominantes del
“consumismo”, que como una utopía a realizar. El peligro de todo proyecto
político utópico es su pronta fetichización y conversión en ideología, pudiendo
asumirlo incluso un cierto modo cínico de hacer política que justifique el
hambre o la precariedad por “respeto al decrecimiento”.
Las utopías, como dice Eduardo Galeano, sirven para caminar hacia adelante y
recrear la vida, rompiendo con el imaginario actual y los comportamientos
mecánicos que imitamos de los demás. Ya advirtió Ortega y Gasset del peligro de
todos los “ismos” y, como dice todavía mejor Lao Tsé, a veces es más
conveniente la “simplicidad sin nombre” para evitar el afán por estructurarlo
todo. Desde luego, y como señala Latouche, el problema más delicado de cara a
esta transición ecopolítica, que será pacífica o violenta, con mayor o menor
sufrimiento, es el del “reencantamiento del mundo”.
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