http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3243476
I
Si hay un lugar donde ha hecho fortuna el término «biopolítica» ése es sin duda Italia, tal vez sólo comparable con la tradición anglosajona. El término lo popularizó Michel Foucault en sus cursos de los años 70 en el Collège de France, aunque hoy sabemos que su historia es más larga y ha atravesado distintas corrientes a lo largo del siglo XX: el enfoque organicista (principalmente alemán), el enfoque humanista francés y el enfoque naturalista anglosajón . A pesar de estas variadas tradiciones, han sido los distintos enfoques de Foucault sobre la biopolítica los que han inspirado a una amplia capa de filósofos, sociólogos, etc. de Italia desde hace 15 años. Precisamente la heterogeneidad de interpretaciones del mismo Foucault en torno al fenómeno de la biopolítica ha permitido a su vez una ramificación de distintos desarrollos teóricos a veces complementarios y a veces contradictorios.
Aunque Foucault habló por primera vez de la biopolítica en su obra La volonté de savoir , donde muestra la transición histórica en el siglo XVIII del poder soberano, caracterizado por el derecho soberano a hacer morir y dejar vivir, al nuevo poder biopolítico, caracterizado por el derecho a hacer vivir y dejar morir, Foucault desarrolla su teoría biopolítica en dos líneas fundamentales que aquí no podemos analizar: la biopolítica como lucha de razas y la biopolítica como dispositivo de gestión gubernamental , un primer modelo que culmina en el nazismo alemán y un segundo modelo que culmina en el neoliberalismo introducido por M. Tatcher y R. Reagan a finales de los años 70, hoy todavía dominante.
Este es el contexto de recepción que hacen los italianos de la biopolítica a partir de los años 90 . En primer lugar, vamos a hablar de los tres filósofos que han tratado de reinterpretar el concepto foucaultiano de la biopolítica con un marcado sentido unitario y sistemático: Giorgio Agamben, Antonio Negri y Roberto Esposito, los cuales han tratado de esclarecer lo que, en su opinión, no vio el propio Foucault. Giorgio Agamben fue el primero en recuperar y relanzar en Italia estos análisis de Foucault con su libro de 1995 Homo sacer. Il potere sovrano e la nuda vita, donde elabora la categoría del homo sacer, el humano en su condición de vida desnuda, a partir del concepto de biopolítica de Foucault y el concepto de soberanía de Carl Schmitt. Siguiendo de cerca el modelo biopolítico de la lucha de razas, elabora la tesis de que soberanía y biopolítica no corresponden a períodos históricos separados, sino que más bien se complementan. Agamben argumenta que vivimos en un paradigma biopolítico que consiste en la intrínseca relación de indistinción entre vida desnuda y soberanía política, cuya articulación ya existe en la Grecia Antigua pero que se explicita a partir de la Modernidad, conforme a un proceso que comienza con el carácter de excepción del homo sacer (como objeto político) hasta su normalización (como sujeto político) en el totalitarismo. El llamado homo sacer es una figura jurídica del derecho romano que se caracteriza por su exposición a la muerte, y cuya relación con la política moderna es la exclusión inclusiva, ya que cuanto más se protege la vida desnuda desde un punto de vista formal-legal (Derechos Humanos, etc.), más se normaliza en la práctica su carácter de excepción respecto del derecho y del poder. Homo sacer es el refugiado político, el inmigrante ilegal, el detenido preventivamente. Está a la vez dentro y fuera del sistema legal, pues su carácter de excepción hace que la forma en que se aplica la norma sea la propia desaplicación. La soberanía consiste en administrar este conflicto entre derecho y excepción en el que dicha excepción se convierte cada vez más en la regla, generando un ámbito cada vez mayor de indiscernibilidad e indistinción que permite a la política gestionar directamente la vida como tal de los seres humanos, más allá de su carácter jurídico. La biopolítica es el resultado de esta indistinción y se dirige a la gestión de vidas vulnerables y expuestas a la muerte. Según Agamben, el campo de concentración nazi es la culminación de este milenario proceso en el que la biopolítica se realiza como tanatopolítica, a partir de un proceso solidario entre democracia y totalitarismo:
El campo es el más absoluto espacio biopolítico que jamás se haya realizado, en el cual el poder no tiene frente a sí más que la pura vida sin ninguna mediación. Por eso el campo es el paradigma mismo del espacio político en el punto en el cual la política se convierte en biopolítica y el homo sacer se confunde virtualmente con el ciudadano.
Como vemos, este análisis de la biopolítica le lleva a interpretar el mundo contemporáneo conforme a la normalización del estado de excepción , donde los estados democráticos se ven obligados a funcionar en una situación de emergencia permanente. Esta dialéctica negativa es un callejón sin salida para la política, por lo cual Agamben rastrea en textos del judaísmo y el Nuevo Testamento una teología que escapa a la política, una gloria que encuentra en la figura del hombre sabático, en la vida gloriosa de la inoperosidad, una alternativa a la vida desnuda:
El dispositivo gubernamental funciona porque ha capturado en su centro vacío la inoperosidad de la esencia humana. Esta inoperosidad es la sustancia política de Occidente, el alimento glorioso de cada poder.
El segundo autor italiano que ha revitalizado el concepto de la biopolítica es Antonio Negri que, junto con Michael Hardt, publicó en 2002 la obra Imperio. La lectura que hacen estos autores se aproxima a la segunda interpretación de Foucault, el modelo biopolítico de la gubernamentalidad. Siguiendo su tesis, nos encontramos en un contexto biopolítico postmoderno más allá de la soberanía nacional y más allá del imperialismo estadounidense. El imperio consiste en el actual modelo globalizado de poder (o biopoder) a la vez económico, político, industrial e informacional de carácter descentralizado y poliárquico que se apropia de la producción y la reproducción de todas las manifestaciones de la vida humana y natural, de la vida corporal y psíquica. El imperio es un biopoder que no sólo gestiona poblaciones y territorios, sino que además crea nuevas formas de realidad, de deseos, de fines. No hay ningún tratado, ninguna fuente legal o constitucional a la base del imperio, sino que es el mismo flujo global de intercambio de mercancías, servicios, capitales, personas e información el mecanismo de control de los cuerpos y las conciencias de una población, y que se extienden al entero conjunto de las relaciones sociales. No hay un poder soberano ni un contrato detrás de este biopoder:
El mando imperial ya no se ejerce a través de las modalidades disciplinarias del Estado moderno, sino que se ejerce fundamentalmente a través de las modalidades del control biopolítico. Estas modalidades tienen como base y como objeto a la multitud productiva que no puede ser normalizada ni regimentada y que, sin embargo, debe ser gobernada, aun cuando conserve su autonomía.
Siguiendo a Hardt y Negri, el tercer aspecto que presenta el carácter biopolítico del poder imperial es, junto a las grandes alianzas políticas por un lado y las grandes empresas multinacionales por otro, la multitud. La multitud, al contrario que Agamben, es la respuesta positiva de la biopolítica, las fuerzas creativas de la producción y la reproducción de la vida y las relaciones sociales, y que presenta una constitución paradójica: es la población que apoya y reactiva el control imperial por medio de sus fuerzas vitales y, a su vez, es el conjunto de frentes de resistencia que luchan contra el imperio a fin de liberar sus fuerzas creativas, sus afectos, su productividad. Los autores denominan este conflicto como «luchas biopolíticas», a la vez locales y globales. La multitud no es ni anárquica ni espontánea, ya que frente al carácter identitario del pueblo, la uniformidad de la masa o la exclusividad de la clase obrera, la multitud se caracteriza por su multiplicidad (racial, cultural, etc.), sus diferencias y su inclusividad dentro de toda forma de producción social y comunicacional. La multitud se caracteriza por su «producción biopolítica», que es el carácter creativo, cooperativo y comunicativo del trabajo, sobre todo el trabajo de la información y del conocimiento, y organiza la resistencia al biopoder conforme al modelo de las «luchas en red», cuyo ejemplo paradigmático es el EZLN.
De este modo, los autores proponen un modelo de democracia absoluta que no distingue entre poder constituyente y poder constituido, y que, por tanto, no cabe en las categorías políticas e institucionales de la modernidad, basándose en el fenómeno mismo de la socialización y la producción de redes que implica la producción económica. Así, producción económica y producción política coincidirían:
La producción biopolítica, al contrario, es inmanente a lo social, anima las interacciones y la totalidad de lo social con la cooperación entre las formas del trabajo. La producción biopolítica (…) se desvelará como la base social sobre la cual hoy se puede encaminar el proyecto de la multitud.
La tercera gran tentativa de sistematizar y reconciliar la biopolítica a partir de las dos interpretaciones de Foucault está en la obra de Roberto Esposito. A lo largo de su trilogía Communitas, Immunitas y Bios ha tratado de reconstruir, como ya hicieron los dos autores precedentes, la formación histórica del presente paradigma biopolítico. A partir de la categoría munus del antropólogo Marcel Mauss y el estudio de la tradición de la bacteriología médica ya existente entre los siglos XVIII y XIX, Esposito elabora dos categorías antinómicas: la communitas y la immunitas. La communitas se caracteriza por la donación recíproca a favor de la colectividad y en detrimento de la individualidad, mientras que la immunitas consiste en la dispensa de las funciones y responsabilidades hacia los otros, poniéndose fuera del munus. En un lenguaje médico, la inmunidad es el efecto que resulta de introducir una cantidad controlada de elementos patógenos dentro de un organismo a fin de generar las defensas reactivas contra una posible invasión de agentes externos y evitar un contagio. En un lenguaje político, la inmunidad consiste en la introducción de mecanismos de protección defensivos de la vida como reacción contra una amenaza que pueda desestabilizar la «salud» de una comunidad, lo cual, paradójicamente, niega a la vez que afirma la vida que intenta proteger. De este modo, no hay comunidad sin inmunidad, pues la primera se constituye como defensa inmunológica de una amenaza. Ahí se encuentra el doble efecto de la biopolítica: a la vez de protección y negación, de crecimiento y reducción, de positividad y negatividad. De este modo, frente a Foucault y las distintas interpretaciones de Agamben y Hardt-Negri, no se trata ni de una biopolítica afirmativa y productiva, ni de una biopolítica negativa y mortífera, sino de un paradigma biopolítico de la inmunidad caracterizado por la dialéctica entre protección de la vida y negación de la vida:
Es preciso remarcar un elemento que restituye el eslabón faltante de la argumentación foucaultiana: el nexo peculiar que ese paradigma instituye entre biopolítica y modernidad. Sólo si se la vincula conceptualmente con la dinámica inmunitaria de protección negativa de la vida, la biopolítica revela su génesis específicamente moderna. No porque no haya una raíz de ella reconocible también en épocas anteriores, sino porque sólo la modernidad hace de la autoconservación del individuo el presupuesto de las restantes categorías políticas, desde la soberanía hasta la libertad.
A partir de estas categorías, Esposito relee la Modernidad desde Hobbes siguiendo la formación de los distintos mecanismos inmunitarios de protección del cuerpo individual y del cuerpo político: la soberanía (Hobbes), la propiedad (Locke) y la libertad (Bentham). La máxima expresión de este progresivo mecanismo de protección de la vida alcanza su extremo límite con la esterilización, eugenesia y genocidio nazi, si tenemos en cuenta que la expansión vital de la raza aria requería a su vez el exterminio del resto de razas degeneradas. De hecho, las órdenes de Hitler de exterminar al mismo pueblo alemán son la culminación de una biopolítica de carácter tanatopolítico, en un sentido próximo al de Agamben. Esta biopolítica negativa se prolonga en el presente con las políticas de seguridad y guerra preventiva frente al llamado terrorismo internacional, sobre todo si tenemos en cuenta que es la guerra bacteriológica la mayor amenaza de dicho terrorismo.
A pesar de esta biopolítica negativa, Esposito defiende la posibilidad de una biopolítica positiva que “encuentre en la vida su norma inmanente y restituya a la norma el poder en devenir de la vida. Que un proceso atraviese sin solución de continuidad toda la extensión de lo viviente –que cualquier viviente deba pensarse en la unidad de la vida- significa que ninguna porción de ésta puede ser destruida a favor de otra: toda vida es forma de vida y toda forma de vida ha de referirse a la vida” . Esta premisa inmanente le lleva a desconstruir la categoría dualista de «persona» tanto en su versión cristiana como laica en beneficio de la que llama «tercera persona», que escapa de la relación subjetiva y dialéctica que se establece en la pareja yo-tú, y que la devuelve a su ámbito biológico y eventual, en un sentido próximo a S. Weil, Foucault y Deleuze:
Lo impersonal no es el simple opuesto de la persona –su negación directa- sino aquello que, de la persona o en la persona, interrumpe el mecanismo inmunitario que emite el yo en el círculo, contemporáneamente inclusivo y excluyente, del nosotros .
De este modo ya hemos explorado un breve recorrido por los tres filósofos italianos que más han influido en la revitalización de los debates en torno a la biopolítica.
En un interesante estudio sobre la gubernamentalidad en Foucault, Octavio Marzocca destaca de estos tres autores su marcada intención de unificar y esclarecer las dudas y recorridos de Foucault en torno al fenómeno de la politización de la vida. Según su interpretación, estos tres autores no pueden ser asumidos dentro del proyecto de Foucault sencillamente porque el francés nunca tuvo intención de elaborar una teoría sistémica del poder. En primer lugar critica la intrínseca complementariedad entre soberanía y biopolítica que interpreta Agamben, al no considerar los efectos de verdad y poder ejercidos por las nuevas ciencias que aparecieron a finales del siglo XVIII; respecto a Negri, advierte su excesivo optimismo respecto a la positividad de la producción laboral, encontrando una eticidad social que no existe en Foucault; por último, respecto al análisis inmunitario de Esposito, Marzocca advierte el carácter más bien productivo y no sólo inmunitario de determinadas prácticas biopolíticas de poder, como es el caso de la ingeniería genética y sus fines de «mejorar y potenciar» la vida.
También es importante explicitar la tendencia de estos tres autores a relacionar la biopolítica con el totalitarismo y la globalización . En Agamben ya encontramos arriesgadas afinidades entre la biopolítica y el totalitarismo, mientras que la pareja Hardt-Negri hace lo propio con la biopolítica y la globalización. En el caso de Esposito, el paradigma de la biopolítica parece ser el escenario de fondo que existe detrás de una tradición política lineal que arranca en el liberalismo, continua con el totalitarismo nazi y llega hasta el neoliberalismo actual. En esta arriesgada interpretación, el comunismo no se entiende como un régimen totalitario sino como un cumplimiento “paroxístico del igualitarismo democrático” .
A modo de última consideración respecto a estos tres autores, merece la pena destacar la presencia de la filosofía de Spinoza. La reflexión sobre la vida y las distintas amenazas que la ponen en riesgo (la soberanía, el imperio, la inmunidad) remite directamente a la idea del conatus esse conservandi de la Ética, la infinita potencialidad de la vida en su persistencia y lucha por su ser. Las tres propuestas que nos ofrecen estos autores respecto a las categorías políticas de la Modernidad (la gloriosa inoperosidad, la multitud, la tercera persona) responden a un deseo de resolver el clásico conflicto entre la vida y la norma, la inmanencia y la trascendencia . De hecho, una constante en los tres autores es el rechazo común de las instituciones y mediaciones políticas y jurídicas al estar directamente implicadas en las distintas formas de exclusión, represión e inmunización de la vida. Esto, obviamente, presenta una dificultad de cara a una filosofía política contemporánea, como ya ocurre con la tradición del comunitarismo impolítico del siglo XX, principalmente francesa .
II
Pero no acaban aquí las interpretaciones sobre Foucault acerca de la biopolítica . En adelante vamos a señalar otras tres líneas interpretativas, una referida a la bioeconomía, otra a la biotecnología y la última referida a la ciudad.
La bioeconomía es un término introducido por Laura Bazzicalupo para definir las relaciones entre el poder y la vida, manteniendo la tesis de que la economía es el elemento constitutivo de la biopolítica por su doble carácter biológico y político, ya que la economía representa el conjunto de mediaciones encaminadas a nuestra supervivencia y reproducción de la vida y, por otro lado, es también un mecanismo de control y poder de decisión sobre el existente. En este sentido sitúa su tesis en la línea inmunitaria y dialéctica de Esposito, antes que en la interpretación negativa de Agamben o positiva de Negri. La autora establece que Foucault enfatiza demasiado el papel de la política y limita el carácter autorreferente de la economía al criticar el modelo economicista tanto de la tradición liberal como marxista. De hecho, el debilitamiento actual del Estado-nación a favor del mercado libre demuestra que el primado es de la economía, no del gobierno político, debido a la relación cada vez más directa entre la economía y la vida. Las mediaciones entre la vida y el nomos tienden a debilitarse en detrimento del léxico defendido por la tradición liberal y en beneficio del paradigma biopolítico.
Este primado de la economía escapa a Foucault porque, siguiendo su interpretación, no advierte la relación existente entre el poder pastoral (que es anterior al nacimiento de la biopolítica) y el ejercicio biopolítico de la economía actual. En ambos casos encontramos una capacidad similar para gobernar a la vez cuerpos individuales y cuerpos colectivos, por su carácter flexible y personalizante, capaz de estructurar cuerpos y deseos. La bioeconomías responde y solicita a la vez una exigencia de mejorar la existencia corpórea que está mucho más allá de la medicina, según una lógica orientada al privado y al Sí autorreferencial, en un circuito que obliga al individuo a ocuparse de sí mismo.
El management actual cuida los afectos, da confianza, informa al consumidor para no dejarlo sólo ante las posibles elecciones, se ofrece como servicio, como eficacia de la salvación de almas y cuerpos más allá del derecho. Son funciones psíquicas que asume el mercado y no el derecho, y que se relacionan con la pastoral. Así, mientras que Foucault establecía una cesura o corte entre el gobierno pastoral y la autorrepresentación de la economía, la autora defiende la continuidad. De este modo, el carácter económico de la integración mundial se puede denominar como:
bioeconomía, desde el momento que, en ella, el proyecto biopolítico de toma directa de la vida por parte del poder encuentra su cumplimiento no en la forma dramática y violenta del poder que mata, selecciona, somete vidas rutilantes y cuerpos plegados, sino en tanto que biopolítica ahora cumplida y democratizada, puesto que penetra y plasma cuerpos y vidas que cooperan por influencias que los atraviesan, que colaboran para producir la transformación de la propia vida, del propio tiempo y del propio cuerpo: hasta la paradoja de pagar para ser así invadidos .
Otra interpretación de la biopolítica, también y como las anteriores, con un marcado tono epocal, se refiere a la biotecnología, con los trabajos de Pierandrea Amato y Lelio Demichelis . Ambos mantienen una tesis similar: las mediaciones jurídico-políticas han llegado a su fin a favor de una relación directa entre el poder y la vida, donde la biopolítica se ve cada vez más superada por la biotecnología. Ésta se caracteriza por ser un poder autorreferencial que construye e individualiza sujetos, desde la mecánica disciplina de los obreros de las primeras fábricas del XIX hasta el espectador pasivo de Youtube o las nuevas construcciones genéticas de seres vivos (las semillas transgénicas, la oveja Dolly, etc).
Los dos autores también buscan el origen del poder individualizador, estandarizador, normalizador y organizador de la tecnología en el modelo pastoral de Foucault, hasta el punto de hablar de una «pastoral técnica». La técnica sobre todo gobierna, administra, distribuye a los hombres en el espacio y en el tiempo, según la propia racionalidad (la cadena de montaje y la red; lo real y lo virtual; las necesidades a satisfacer o los deseos creados), siempre con el fin de crear sujetos pasivos. El último paso de este cruce entre la tecnología y el gobierno de la vida está en la ingeniería genética, con su enorme capacidad para modificar semillas, clonar seres vivos, recombinar grupos genéticos, regenerar órganos, etc.
Siguiendo la interpretación inmanentista anteriormente citada, para estos autores, la capacidad de intervención de la biotecnología machaca todo tentativo de situar en el humano algún tipo de intencionalidad trascendental. Definen el triunfo de la bio-tecnología como el fin de la teología y el iluminismo moderno, así como el triunfo total de la experiencia. No se puede hablar más que del existente, sin poder elaborar una teoría del ser que no implique primero un posicionamiento científico. La biopolítica es hoy una «genético-política»:
La simbólica política del nacimiento de Dolly confirma –siguiendo la genealogía de Foucault- el deslizamiento de la disciplina pastoral del cuerpo individual al control bio-político de la población en la cual el poder se preocupa de la vida hasta la reglamentación de su forma biológica .
Una última relectura del concepto foucaultiano de biopolítica la encontramos en la obra de Andrea Cavalletti La città biopolítica. Mitologie della sicurezza, donde establece que el poder biopolítico se constituye a partir de su relación con el espacio y viceversa, siempre a través de una estrategia doble de amenaza y seguridad. Este binomio de la amenaza y la seguridad es inmanente en el sentido de que el primero es introducido con el fin de incluir al otro: el poder crea la amenaza a fin de crear un dispositivo de seguridad y control. Al contrario que el panóptico de Bentham, el autor considera que la historia de las relaciones entre el poder y la ordenación del espacio hay que situarlas en Hobbes, donde ya podemos localizar un dispositivo amenazante (el estado de naturaleza de la multitudo disoluta) y un dispositivo de seguridad (el soberano). De este modo, y coincidiendo con autores como Roberto Esposito, el autor sitúa el nacimiento de la biopolítica en los orígenes de la Modernidad. Es desde entonces cuando los habitantes del espacio biopolítico adoptarán distintas acepciones: el binomio populus-multitudo de Hobbes (el primero seguro y el segundo amenazante), el concepto de población, que incluye tanto al populus como la multitudo (la exterioridad se interioriza, siendo la despoblación la principal amenaza, como señala J. von Sonnenfels) y el concepto de especie, introducido por Moheau, que en el modelo nazi se identifica con la raza aria (donde el espacio vital está amenazado por el «enemigo» schmittiano).
En esta interesante historia de las relaciones del poder con el espacio se evidencia una paulatina desterritorialización del poder, desde el espacio territorial de Hobbes pasando por el espacio social de las poblaciones del siglo XVIII, el espacio vital de los nazis definido por F. Ratzel hasta la sociedad global de nuestros días. Esta última define sus mecanismos de seguridad situando la nueva amenaza en la figura del fugitivo-refugiado político, que huye de la amenaza de su territorio y genera amenaza allá donde va, en un sentido que recuerda mucho a la vida desnuda de Agamben:
El biopoder funciona según la doble implicación que hace de cada concepto espacial un concepto político. La intensidad biopolítica –que en el siglo XVIII aparecía como densidad de la población y que todavía hoy impera bajo la concepción schmittiana- postula el carácter a la vez espacial del viviente y vital del espacio, implica la definición radical del enemigo como extraño al espacio y a la vida. El último desarrollo de la política no es el Estado-nación sino el gran espacio de seguridad que se crea no respecto a un enemigo externo o interno a los confines nacionales sino más bien a un no-espacio que está a la vez dentro y fuera de ellos. El umbral positivo de seguridad forma de hecho islas de intensidad en colaboración, y la nueva línea de amistad política es una frontera viviente e impenetrable .
III
Hemos elaborado un breve esbozo del panorama actual de la biopolítica en Italia, partiendo de los tres autores más conocidos: Giorgio Agamben, Antonio Negri y Roberto Esposito, y explorando algunas de las ramificaciones más relevantes: la bioeconomía, la biotecnología y la ciudad biopolítica. En todas ellas hemos encontrado la intención común de reelaborar el significado de la biopolítica manejado por Foucault así como su contexto histórico, llegando a producirse posiciones teóricas irreconciliables (como la biopolítica negativa de Agamben y la biopolítica positiva de Negri), así como contextos históricos diferentes (la Antigua Grecia en Agamben y la Modernidad en Esposito). Estas diferencias nos llevan a una conclusión segura: lejos de lograr la «correcta» interpretación de Foucault, lo cierto es que la biopolítica se ha convertido en un comodín teórico que se puede aplicar a muchos contextos y disciplinas, lo cual demuestra su autonomía respecto de las reflexiones del propio Foucault y los riesgos interpretativos a los que puede conducir: biopolítica y totalitarismo, biopolítica y globalización, «esencialismo» biopolítico, etc. Además, otra característica común a todos estos autores es el enfoque predominantemente deconstructivo de la biopolítica, más efectivo a la hora de desenmascarar determinadas aporías que encierran algunos conceptos políticos heredados de la modernidad: soberanía, norma, democracia, propiedad, etc., pero escasamente productivos de cara a formular una filosofía política para el mundo contemporáneo. El riesgo de caer en nuevas aporías les conduce generalmente a un rechazo de los modelos institucionales de la política y a permanecer en un enfoque filosófico de la inmanencia próximo al de Spinoza, proponiendo figuras que escapan a la política convencional: la gloriosa inoperosidad, la multitud, la tercera persona, etc.
Un breve repaso a la historia de las formaciones políticas, como por ejemplo el esbozado por Enrique Dussel en su Política de la liberación , que inicia desde las primeras grandes civilizaciones, o también el estudio de Antonio Campillo Variaciones de la vida humana , que parte desde las sociedades tribales, nos muestra las diferentes relaciones de mando político que han existido a lo largo de la historia humana en cualquiera de sus formas sociales (tribal, imperial, capitalista y global), lo cual nos indica que la política y sus formas institucionales están siempre confinadas dentro de unos límites de mando y obediencia que se reproducen incesantemente y generando formas de exclusión de muchos tipos: económica, sexual, cultural, política, etc. Se trata de una enseñanza de la historia (mucho más larga que la de Hegel) respecto al límite propio de la política, por lo que difícilmente será a través de ella donde se pueda investigar una inmanencia que resuelva el problema de las relaciones entre la norma y la vida.
viernes 5 de agosto de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada