jueves, 24 de diciembre de 2009

El Ego

- Está bueno este bocadillo de protoamebas, ¿verdad Zoé?
- Sí, mi genoamigo Bíos, aunque lo que está realmente bueno es este paisaje apocalíptico, ¡qué momento!
- Nadie se lo esperaba… Ni siquiera nosotros, después de tantos cronotiempos aquí sentados…
- Es toda una paradoja la paz que tenemos en este Planeta Lunar y el escenario de muerte de ahí abajo.
- Cuántas veces lo habremos deseado… ¡Bendito terror! Mi genoabuelo me cuenta muchas historias de antropoides que lucharon contra nosotros.
- Pues desde hoy vamos a reescribir esas historias, ¡pero como ganadores, Bíos! Yo también las conozco, son historias del cronotiempo de la Invasión, de sus posteriores persecuciones por nuestras plataformas interestelares, de sus tácticas, de sus masacres… Se han transmitido de generación en generación desde que ocurrió la Expulsión.
- Cuando era pequeño me las contaban para conciliar el sueño, aunque más bien me atormentaban con ellas.
- Bueno, más que dormirnos lo que pretendían nuestros genoancestros con esas historias era conservar la memoria de aquellos hechos y concienciarnos a los nuevos neutronacidos de nuestra condición de exiliados. Ellos nunca pensaron en la posibilidad de la Invasión y la Expulsión.
- ¡Y quién lo hubiera sospechado!
- Al parecer, nuestra biovida era tan estable que nadie imaginó que en cualquier momento pudieran invadirnos y expulsarnos. Desde que neutrovivimos dispersos por esta galaxia ya nada es igual, parece como si hubiéramos perdido nuestra verdadera identidad. Cuando me cuentan las historias del pasado en el que estábamos ahí abajo se me saltan las lágrimas. Me imagino que yo mismo siento el calor del verano, que mi boca succiona el agua fresca de un río, que mis manos acarician la piel suave de un animal, que mis pies caminan sobre una superficie de tierra, de hierba, de… Las he escuchado tantas veces que hasta podría dar fe de que alguna vez he vivido todas esas experiencias sensoriales.
- ¡Ay, qué pasado aquél!
- A veces dudo si alguna vez hemos estado realmente ahí abajo, pero es que esta neutrovida tan vacía… Nuestros organismos no pueden estar hechos para neutrovivir así, lejos de esa mítica biovida, lejos del biodios Sol y la biodiosa Tierra… Parece como si un impulso constante nos empujara a recuperar nuestro sentido originario de vivir, como si nuestros organismos expulsados nos reclamaran el modo de biovida que les pertenece y que sólo se encuentra ahí abajo… En esta neutrovida interestelar nos es imposible desarrollar nuestros sentidos tal y como fueron concebidos: olfatear, palpar, degustar… Me asquea comer siempre estos bocadillos de protoamebas insípidas.
- Yo me las como porque no hay más remedio.
- Imagínate Bíos, mi genopadre se gana la neutrovida criando protoamebas.
- ¡Vaya honor! Es el único cultivo que se puede practicar en las plataformas; mi genopadre se dedica a lo mismo.
- Los demás cultivos estaban ahí abajo.
- ¡Nosotros tan necesitados de biovida y ellos tan avariciosos! Me pregunto qué sabor tendrá la biovida…
- Ese placer sólo lo conocen nuestros biodioses, o lo que queda de ellos. Su inmortalidad, al contrario que la nuestra, se nutría de la diversidad de la biovida: vegetales, animales, insectos, peces… Nuestros genoancestros vivían antes de este modo, en comunión con los biodioses y ofreciéndoles el alimento, y así vivimos en paz durante un pasado inmemorial. En aquel entonces la existencia tenía un sentido pleno porque realizábamos el ritual festivo de la biovida, poniéndoles a su disposición nuestro pan, nuestro vino, nuestro… El gran logro de nuestra cultura era renovarse sin fin en cada uno de esos rituales, siempre iguales, siempre nuevos. En cierto modo, en aquel pasado existía un tiempo que hoy hemos olvidado, el tiempo circular.
- Pero Zoé, ¿cómo puede ser el tiempo circular?
- Nuestros ciclos vitales se repetían incesantemente, sin esperar grandes transformaciones, resguardando las costumbres. Nuestras ofrendas eran el símbolo sagrado de respeto a las fuentes que nos permitían seguir existiendo con aquella felicidad. Tenían para nosotros un sentido muy profundo y relacionado con la producción, la reproducción y el desarrollo pleno de nuestra biovida en comunidad. Éramos muy conscientes de la importancia que nuestros rituales tenían para mantener alimentados a los biodioses, para respetar la cadena alimenticia de la que éramos parte y para garantizar nuestra supervivencia en el futuro. Todo por vivir bien, de ahí la importancia de la repetición y de la circularidad del tiempo.
- Pero la Expulsión nos ha condenado a neutrovivir así, inodoros e insípidos como un castigo que no merecemos.
- Desde la Invasión, los antropoides nos expropiaron de nuestra biovida e inventaron el cronotiempo como un hecho lineal y cronológico, alejado de la vivencia personal del ritual de renovación vital y obsesionado por la innovación, el cambio y la acumulación de biovida. Desde entonces no han hecho sino alimentarse de ella y reproducirse más y más. Con el paso del cronotiempo fueron aprendiendo nuevas técnicas de vida: el fuego, la caza, la pesca…
- Sí, y la domesticación, la tortura, la manipulación genética…
- Tú lo has dicho. Cuanta más biovida capturaban y consumían, más fuertes se hacían y más capacidad tenían para apropiarse de biovida. El avance de sus técnicas biológicas les permitió incluso lanzarse a la mal llamada conquista del espacio… ¡Lo que querían era aniquilarnos! Sus intenciones expansivas fueron meticulosamente encubiertas por un engaño que embaucó a todos los antropoides de bien que existían ahí abajo. Escucha lo que te voy a decir, Bíos: fabricaron lo que ellos llamaban el cine y la televisión, unas pantallas mucho más rudimentarias que las nuestras, donde inventaban y falseaban supuestas historias en las que nosotros bajábamos ahí para matar a todos los antropoides. Nos pintaron de verde, nos pusieron un solo ojo y nos sofisticaron con una tecnología biocida que desconocemos.
- Y todos se lo creyeron… ¡Menudo engaño, Zoé! ¡Qué injusticia! Desde la Expulsión apenas hemos logrado neutrovivir, mendigando errantes por las vías intergalácticas, en pago de no sé qué culpa…
- No contentos con el cine y la televisión, aparecieron los astroantropoides, un ingenio de su biotecnología diseñado para invadir la poca neutrovida que poseemos en nuestras plataformas galácticas. Ellos engañaron al resto de antropoides para rastrear y rastrear por toda la galaxia los brotes de protoamebas que rescatamos y que nos proporcionan nuestra neutrovida: inventaron los cohetes espaciales para transportar a los astroantropoides, las misiones galácticas para capturarnos, los satélites de localización de protoamebas…
- ¡Malditos, su codicia no se conforma con la riqueza de la biovida que ya poseían! ¿Para qué querrían estas protoamebas repugnantes?
- Para acabar con nosotros, Bíos.
- Es cierto, somos los únicos vivoides que han conseguido dominar la biovida al mismo nivel que ellos.
- ¡Un momento, alto ahí! ¿Cómo que dominar? Bios, creo que no has entendido todavía la diferencia radical entre los antropoides y nosotros. Durante el pasado inmemorial que nosotros vivimos allí, nuestra relación con la biovida era de armonía, de reproducción y sacrificio, de renovación y ofrenda. Sólo los biodioses saben lo largo que fue nuestro pasado ahí abajo. No hay historia capaz de conocer ese misterio infinito. Nosotros nacimos y vivimos en comunión con la biodiversidad que nos rodeaba, respetando sus ciclos naturales, sus cadenas alimenticias, la reproducción de sus especies, las ofrendas a nuestros biodioes… Por aquel entonces, la biovida no sólo no era nuestra, sino que nosotros éramos parte de ella, por eso la amábamos y la respetábamos como algo sagrado. De hecho, el biocidio que cometieron los antropoides cuando nos expulsaron sólo fue posible gracias a sus enfermedades pestilentes, desconocidas por nuestro sistema inmunológico y letales para nuestra salud. Sólo unos pocos de nosotros sobrevivieron después de la Expulsión. Pero los primeros antropoides estaban expuestos a una indigencia primitiva, tan proclive a la muerte prematura, al sufrimiento por las inclemencias de los cielos, al peligro de las fieras salvajes, a la esterilidad de la tierra… Descubrieron que sólo comprendiendo la lógica de la biovida conseguirían lograr el mismo nivel de estabilidad y desarrollo que nosotros teníamos hasta el momento de la Invasión. Fue así como el biopoder de los antropoides comenzó a crecer y crecer a la vez que dejaban de alimentar a los biodioses que tanto habíamos respetado nosotros. Ellos los conocieron y les dieron muchos nombres: Osiris, Dionysos, Tlaloc, Ceres… Fue una de las escasas herencias nuestras que, durante algún cronotiempo, supieron conservar con inteligencia. El respeto fue corto y pronto comenzaron a despreciarlos y matarlos. En un momento dado, los primeros antropoides transitaron por un cronotiempo en el cual comenzaron a abandonar su condición de mendicidad a la vez que descubrían la opulencia. Inventaron los números, las unidades de medida y los cronómetros; parcelaron las tierras, taxonomizaron las especies, contabilizaron el ganado, anticiparon la meteorología; La biovida perdió el ritual sagrado de renovación y se convirtió en el más preciado botín, reduciéndola al cronotiempo lineal. Nacieron las enemistades, los bandos rivales, las tácticas, los sabotajes, la guerra.
- ¡Y más que la guerra, nació el Ego! ¡El Ego!
- ¡Exacto, Bíos, nació el Ego! El origen del Ego es biocida, listo para apropiarse de más cantidad de vida, de más biopoder. El Ego nació como un acto de afirmación corporal propia y de negación ajena, alimentado por una red de conceptos asépticos que, en el fondo, no hacían más que justificar su nacimiento y su expansión biocida: civilización, jerarquía, imperio, acumulación, cultura… Pero hay una característica que, por encima de todas ellas, fue la más importante.
- ¿Cuál es ésa, genoamigo Zoé?
- El miedo. Nuestros genoancestros dicen que descubrieron la sensación del miedo, el pánico y el terror a partir de la Expulsión. Es más, fue sintiendo miedo como tomaron conciencia de la relación amorosa que había definido nuestra biovida durante el pasado inmemorial y anterior a la Invasión de los antropoides. Desde aquel entonces, todos nosotros convivimos con un cierto recelo interno, intensificado por la amenaza de los antropoides y, sobre todo, de los astroantropoides. Lo peor es que también entre nosotros existen relaciones de desconfianza y temor nunca vistas en el pasado previo a la Expulsión. Ése fue el primer acto egocéntrico de los primeros antropoides, el genocidio que supuso la Invasión y la Expulsión. Desde entonces, su desarrollo del Ego ha sido paulatino, al principio muy prudente y ahora sin escrúpulos.
- Mira ahí abajo, ése es el alto precio que están pagando.
- El segundo gran momento egoísta fue el asesinato de nuestros biodioses, a los cuales dejaron de respetar y alimentar con los rituales que habían aprendido de las tradiciones practicadas durante nuestra pasada biovida. Aparecieron los imperios, las satrapías, los mandarinatos, los tlatoanis, los faraones y no sé cuántos más nombres de amor al Ego. Sustituyeron los nombres de nuestros biodioses para llamarlos genéricamente Dios, con una mayúscula que encubría la misma mayúscula del Ego. Dios se convirtió en un nombre, un nombre desposeído de su esencia vital necesitada de alimento. Así, bajo el nombre de Dios se empezó a dividir a la antropoidad entre los poderosos y los débiles, entre los poseedores del Ego y sus desposeídos. Se inventó el arriba y el abajo en una antropoidad que era horizontal, al igual que se inventó el Norte y el Sur en esa esfera de ahí abajo que, como ves, es redonda y sin cuadrantes.
- ¡Y un poco achatada en los polos!
- A los amos de esta jerarquía se les trataba así por su cercanía a Dios, aunque, en realidad, eran venerados por su control de la biovida: los sacerdotes sabían predecir las lluvias, los guerreros controlaban los biocidios y el máximo poderoso, el amo del Ego, decía descender de Dios, aunque lo cierto es que dominaba a todos los demás. Por otro lado, a los de abajo se les trató como esclavos de una biovida que apenas merecían ser partícipes de ella. Ellos eran, en verdad, los que conectaban directamente con ella, los que todavía sentían una relación sagrada, de respeto y armonía con la diversidad de la biovida y los biodioses. Eran los agricultores, los pastores, las curanderas, los chamanes, los artesanos y todos aquellos que, de forma genérica, fueron considerados como esclavos y marginados. Su relación con la biovida era tan profunda que podían despojársela a un ser vivo sin sentir pudor o culpabilidad. El pánico que sentían sus superiores hacia la muerte les alejó paradójicamente de la biovida, alejándolos de actos de muerte tan cotidianos como matar a un animal para vivir con normalidad.
- Todo eso que cuentas son historias que narran hechos de un cronotiempo remoto.
- Pertenecen a un cronotiempo en el que el Ego conoció sus primeras y muy refinadas culminaciones. El Ego era joven y acababa de descubrirse a sí mismo, fascinado, como un biopoder de posibilidades inescrutables. La historia del Ego antropoide no hacía nada más que comenzar. Aquellos imperios infelices biovivían en espacios determinados por un territorio finito, así como una finitud de especies vivas, de recursos y de antropoides. Pero los amos del Ego, cegados por las riquezas de la biovida que controlaban, se lanzaron salvajemente a la caza y captura de la biovida que poseían los otros imperios. El tiempo de las invasiones mundiales fue el tiempo de la conquista global por la biovida. Nacieron los poderes globales, nuevas máquinas capaces de controlar, producir y expandir más biovida que nunca y, a su vez, capaces de disciplinar, castigar, adiestrar y matar esa misma cantidad de biovida. Parece que sólo así saciaban los amos del Ego sus deseos de inmortalidad. Cuanta más biovida tenían en sus manos, su Ego se alimentaba más y más, sin llegar nunca a colmar sus deseos de estar vivos y de ser eternos. Tal es así que cada poder global inventó su propia lengua y, además, un término muy característico de su Ego conquistador, el pronombre personal de la primera persona del singular: Eu, Yo, Je, I, Io, Ich.
- Pero nuestros genoancestros no sabían lo que era el Ego, ¿no?
- No, no lo sabían, genoamigo Bíos. Los amos del Ego, que hasta entonces eran sólo unos pocos entre los antropoides, repartidos entre unos pocos imperios, empezaron a necesitar mucho apoyo para desplegar todo el poder global que les proporcionó la invasión y la conquista de otros imperios y de otra biovida. Se inventaron nuevos antropoides egocéntricos, y se les denominó como cruzados, como pioneros, como conquistadores, como encomenderos, como héroes, como descubridores, como emprendedores… Fue el cronotiempo de las empresas y del nuevo y definitivo Dios: el Dinero. Dejaron de existir los biodioses de la biovida y dejó de existir el Dios como singular. Hasta el mismo nombre de Dios se perdió definitivamente y fue sustituido por una abstracción muy codiciada, el Dinero. El Ego de los amos del Ego creció tanto que su biopoder les hizo olvidar su mismo linaje directo con Dios. Así fue como el Ego, Dios y el Dinero se confundieron tanto que daba igual su nombre, lo fundamental era su expansión ilimitada, tan ilimitada como los deseos acumulativos de biovida. Para no confundirla más de la cuenta, a esa relación trinitaria y divina se la calificó de un modo simple: Progreso. El cronotiempo del Progreso comenzó a volar impulsado por las velas del Dinero a la búsqueda y captura de más y más biodiversidad, de más y más biopoder, de más y más Dinero.
- ¡Vaya estupidez antropoide!
- Llevas toda la razón, Bíos, el colmo del absurdo pertenece a ese cronotiempo que hoy mismo llega a su fin, ese cronotiempo en el que los amos del Ego apreciaban más al Dinero que a Dios y a sí mismos. El Ego dejó de ser antropoide y se convirtió en algo artificial llamado Dinero, una entidad en absoluto viva, una entidad ficticia. Éste comenzó a imitar el ejemplo del viejo Ego, el propio de los primeros antropoides: la acumulación, el control y la expansión de la biovida, pero al servicio de la acumulación, la reproducción y el crecimiento ilimitado del Dinero. Desde que llegó el cronotiempo del Progreso logró conquistar el trono del biopoder a los amos del Ego y a esos nuevos antropoides, ahora últimos, que, como te dije, se denominaban a sí mismos como conquistadores, encomenderos, emprendedores y demás sustantivos. Ellos mismos, sin saberlo, dieron vida ficticia a ese nuevo invento suyo, al cual alimentaron fanáticamente con todas las posibilidades que le ofrecía la inmensa biovida en manos de los imperios globales y su nueva tecnología biocida: plantaciones latifundistas, esclavitud en masa, obreros antropoides, combustibles fósiles, deforestación de selvas y bosques, desertificación de la tierra, contaminación del agua, extracción de recursos minerales, emisión de gases contaminantes a la atmósfera, patentes de semillas…
- Zoé, Ahora empiezo a comprender qué ha sucedido ahí abajo… ¡Mira, esas bolas de fuego caliente parecen prender la atmósfera!
- Es una pena, pero ése es el resultado más salvaje de las contradicciones del Ego. Estos últimos antropoides, con su biopoder, sus poderes globales y su último Ego comenzaron a alimentar inconscientemente al Dinero con los bienes de la biovida para que éste se multiplicara y expandiera en la linealidad del tiempo, tal y como antaño lo hizo la propia biovida en la circularidad temporal. Craso error. Cuanto más crecía y se acumulaba el Dinero, más decrecía y se marchitaba la biovida: empezaron a desaparecer muchas especies animales y vegetales, y, peor todavía, empezó a multiplicarse la pobreza y las diferencias entre los últimos antropoides de un modo hasta entonces desconocido. Cuanto más crecía el biopoder del Dinero, mayor era el biocidio de la antropoidad, de la biodiversidad, de la biovida y… ¡voilà la gran contradicción!
- La contradicción de la biovida y la muerte…
- Estos últimos e insensatos antropoides, empachados de tecnología, creyeron que al aumentar el biopoder del Dinero aumentarían también el biopoder de la antropoidad y de la biodiversidad, lo cual es tan absolutamente falso que hoy asistimos al día del Holocausto antropoide, basta con echar un vistazo a esas bolas de fuego. Fue el miedo lo que les movía a cometer esos actos hipertróficos: el incremento de la obesidad entre unos pocos antropoides era proporcional a los nuevos cuerpos famélicos de tantas masas empobrecidas. El estrés, la ansiedad, el vacío y, sobre todo, el inconsciente biocida de aquellos pocos era sepultado por la voracidad de la glotonería, por la rapacidad de la acumulación, por el menosprecio de los desperdicios, por la insensibilidad ante la muerte. Convirtieron la gula en un feliz atributo del Ego y del Dinero, haciendo de éste una vida ficticia, inodora, incolora, insípida, invisible, silenciosa y muerta.
- Cuánta ignorancia de aquellos últimos antropoides…
- Ni siquiera eso. Lo triste es que lo sabían. Los últimos coletazos de esta antropoidad suicida, ya consciente de su propia sepultura, se ha jugado durante los últimos cronotiempos, fechas en las que las biociencias, los investigadores, la publicidad y la biopolítica no han hecho más que advertir una y otra vez de esta contradicción biocida. Lo que antaño fue una minoría de sectores ecologistas conscientes se convirtió en una mayoría de profetas de la religión de la biovida, visionarios tardíos de este Holocausto antropoide hoy consumado, hoy devorado a sí mismo. Conforme el calor de la atmósfera se incrementaba más y más, conforme desaparecían especies de la naturaleza, conforme morían razas escuálidas de antropoides; en definitiva, conforme las condiciones de la biovida se extinguían cada vez más, el Ego del Dinero, con su bandera del Progreso, se hacía más vivo, más fuerte y más dictatorial.
- Lo triste es que lo sabían…
- Por eso crearon desesperadamente a esos astroantropoides que lanzaron a la galaxia para exterminarnos. Sabían que nosotros todavía poseíamos los últimos restos de biovida todavía salvables, las protoamebas, estas protoamebas que cultivan nuestros padres, que comemos en nuestros bocadillos y que nos dan la nuetrovida.
- Por suerte hemos logrado huir de ellos y preservarlas… ¡Mira ahí abajo, Zoé, es un antropoide inmolándose en una pira! ¡Parece que la ha construido con el único combustible que existe, los billetes!
- Mi querido genoamigo, creo que estamos presenciando la muerte del último antropoide que existe.
- ¿De veras? ¿Ya…? ¿Ya no queda realmente ningún antropoide?
- Creo que no, ya no veo circular más Dinero. Creo que ese infeliz era el antropoide más rico de todos, pues había acumulado todos los billetes existentes ahí abajo, pero sufría infernalmente porque no tenía más antropoides para expandir su biopoder; y ni siquiera eso, el drama de ese antropoide en la pira ha sido su condición de último vivoide de toda la realidad existente ahí abajo. El resto estaba ya muerto o era tan cadavérico como el Dinero. Por eso decidió realizar el último acto biopolítico de la antropoidad: entregar su misma biovida a la realidad inerte.
- No puedo oír sus gritos, pero el fuego se extiende por todo eso que antes llamábamos continentes.
- Por lo que veo, creo que era tanta su cantidad de Dinero acumulado que la tenía dispersa por todo el espacio geográfico, el mismo que ahora arde a igual velocidad con que la vida inerte del Dinero se ha expandido durante el último cronotiempo del Progreso absurdo. Después de tantas jornadas vigilando desde este Planeta Lunar creo que justo hoy es también el fin de nuestra Expulsión. Ahora que ya no existen más antropoides ahí abajo tenemos la oportunidad de volver a alimentarnos de biovida y relacionarnos con nuestros biodioses, con los mismos rituales y tradiciones que las practicadas por nuestros genoancestros hasta la Invasión. Adelante, Bíos, acábate ese bocadillo de protoamebas y pongámonos en marcha…
- Pero Zoé, te olvidas de que esos antropoides han erradicado toda la biovida existente, al completo, incluso también la vida inerte del Dinero ¿Qué vamos a hacer ahí abajo?
- Todavía nos queda la oportunidad de reproducir nuestras protoamebas y reproducirnos entre nosotros mismos… Bíos, estoy recibiendo señales desde la plataforma Sideral III; parece que ya nos autorizan a descender hasta el Planeta Azul con la misión de devolverle la biovida que siempre le perteneció. ¡Bajemos de una vez!
- ¡Ja, ja, ja! Planeta Azul… Zoé, ¿acaso lo ves azul? Creo que ya no merece la pena bajar ahí…