martes, 11 de marzo de 2008

Mis vómitos

Publicado en la Revista Inquietud de la Facultad de Filosofía de Murcia
septiembre de 2006
Hoy he terminado la licenciatura de filosofía, pero más que alegría y júbilo siento una extraña inquietud, un hervor interior que no deja de fustigarme desde hace ya horas. Intento escucharlo, sentirlo y sacarlo a la luz. De repente, descubro que se trata de mi porvenir, es decir, de aquello que se entiende por la tarea del filósofo. Me pregunto cuál será el verdadero alcance del diploma que voy a recibir. Hago una retrospectiva de estos años atrás, después de tantos libros leídos, después de viajar por distintas facultades de filosofía, después de tantas horas escuchando a filósofos de diversos países, después de tantas buenas notas. Me impresiona la disposición que tengo para comprender a Heidegger, a Kant o cualquier texto de metafísica indigesta. Es algo que no está al alcance de cualquiera. Reconozco que llegué a sentir regocijo por esta distinción. Incluso llegué a pensar que yo era filósofo. Hubo un tiempo en que pensé en la necesidad de resolver los problemas desde y a través de la teoría, mediante la más sesuda y meditabunda de las investigaciones filosóficas. La luz del saber no consistiría más que en bibliotecas, bibliografía y paciencia, mucha paciencia. Así lo creyó Kant, quien a penas sintió la urgencia de salir de casa. Creo que algo similar ocurre con la mayoría de filósofos que a día de hoy hacen de la filosofía una profesión.

La filosofía académica de nuestros días está absolutamente saturada. Se trata de un complejísimo sistema alimentado de investigaciones arqueológicas, intrigas de despacho, servidumbre científica y dogmatismo ideológico; incluso de buenas dosis de marketing. No es necesario salir de nuestra facultad para comprobarlo, es algo que todos sabemos, y forma parte del ethos de toda facultad de filosofía. Me pregunto si la filosofía consiste en esto. Me pregunto si el filósofo tiene que asimilar estas cargas para alcanzar pleno reconocimiento, o si por el contrario basta con el título que me he ganado esta mañana. Me inquieta la incertidumbre sobre la orientación de mi futuro de filósofo, pues al menos así me reconoce el sistema, tanto más cuantos mayores sean los méritos que acumule, aunque se trate de cursos absurdos, pedagógicos, doctorales o de la índole que sea. Lo importante es prolongar mi formación, acumular créditos, consumir horas y producir textos; en definitiva, alimentar el sistema y tener paciencia, mucha paciencia. “Respeta el sistema y llegarás a la verdad”; así podemos resumir esta lógica.

Esta tarde he vomitado. De hecho, no es la primera vez que me ocurre, pues llevo vomitando desde hace tiempo, no tanto por las contradicciones de este sistema sino por la experiencia del fracaso personal. Desde tiempo atrás me persigue la sospecha de que yo no soy un filósofo, y tal vez nunca lo seré, al menos en este sentido. La teoría no sutura la realidad, y esto me desanima. Descubro que la filosofía no consiste en esto. Es más, mis días de estudiante, como los del más ferviente investigador, se limitaron a un estrecho monólogo con los libros y las hojas en blanco, los exámenes. En la biblioteca descubrí teorías que intenté desarrollar, con su bibliografía y sus citas, pero su destino fueron el fracaso y el olvido. Hoy no son más que papeles de baúl. Creo que he dialogado poco con los profesores y menos con mis amigos. He leído mucho pero no he transmitido nada. He superado infinidad de pruebas sin aportar nada. He escrito teorías sin ningún resultado práctico. Me he licenciado aún careciendo de retórica, sin necesidad de hacer exámenes donde se exige más la reflexión que la descripción. Reconozco mi decepción.

A fin de cuentas, esta experiencia forma parte del fracaso del filósofo profesional de nuestros días, aquel que aspira a resolver la realidad desde casa. Su patria es el libro, y su horizonte no va más allá de los límites del gremio: publicaciones científicas, congresos privativos y refugio teórico. Su trascendencia no es mayor que la de un administrativo pues, no nos engañemos, nadie los conoce porque nadie les escuche ni lee. El desprestigio del filósofo es proporcional al sistema y su complejidad. Es absurdo descargar la culpa en la miseria espiritual de la sociedad sin antes reconocer esta profunda contradicción. Y es absurdo porque el filósofo profesional se compromete primero con las leyes del sistema (del sistema de legitimación filosófica), sean cuales sean; sólo después, y normalmente ni siquiera eso, es cuando desciende a la sociedad infrahumana.

Reconocer este fracaso es también reconocer mi fracaso; percibir este error forma parte de mi angustia vigente. Es la experiencia de la nada. Con total seguridad ha sido eso, la nada, la angustia del vacío y el error la que me exigía escribir estas líneas. Es una vivencia que llevo experimentando conforme aumenta esta sensación de fracaso. Detrás de ese título no hay nada. No vale de nada recogerlo como un trámite más hacia la carrera por el reconocimiento profesional. No vale de nada si su valor es simplemente curricular, si no es más que el resultado de narrar teorías con correctamente. Simplemente trato de expresar el más profundo fracaso personal como estudiante, al que añado mi rechazo a las determinaciones que están tomando los llamados filósofos de hoy. El origen de mi dolor se debe al insultante error que consiste en identificar al filósofo conforme a estos parámetros ya mencionados: complacencia teórica, actividad monológica, complicidad gremial, etc.

Llevo meses vomitando. Muy al contrario de esta lógica, descubro que la filosofía tiene un sentido cotidiano, localizado en el ámbito familiar, los amigos y el entorno más próximo, y su forma es la del diálogo o discusión de problemas que nos resultan cercanos. El filósofo crea discordia donde hay concordia y viceversa. Su ímpetu es la polémica y la persuasión, la argumentación contraria frente a un discurso dado. Se trata de una enemistad dialéctica que tiene por objetivo criticar una realidad aceptada. La tarea del filósofo se dirige a instigar y producir heridas a sus semejantes. En definitiva, el filósofo es un ser destinado a producir infelicidad, a ser incomprendido y permanecer al margen, no por su oscurantismo sino por el dolor que transmite. No se puede ser filósofo sin esta experiencia primera de rechazo y desconsuelo; se trata de un aprendizaje solitario marcado por el fracaso, solamente vivido desde la soledad más radical, nunca desde la academia y el refugio de los libros. Es una experiencia similar al vómito. En cierto modo, se puede decir que el primer acto del filósofo no es un chispazo intelectual, sino un vómito. Se trata de una experiencia de dolor contra la realidad inmaculada, contra la asepsia del sistema aceptado. Vomitar consiste en no estar conforme con el presente, en la experiencia maloliente del rechazo. Se trata de práctica, no de teoría. Sócrates debió vomitar con mucha frecuencia. No obtuvo un título porque no escribió en su vida, ni siquiera conoció a los notables de su tiempo; sin embargó dialogó y persuadió mucho, probablemente con la clase más baja y sucia de Atenas. Generó tanta infelicidad que lo mataron. Es por esto que nuestros filósofos de academia no se manchan.

Tenemos que el origen de la filosofía no consiste en una monología, ni en el acuerdo de una teoría; más bien consiste en una dialogía, en la práctica de la dialéctica que termina en discordia. Su lugar no es la biblioteca ni la conferencia, sino la calle y la conversación. Su origen no es una tesis ni un diploma, sino un vómito de infelicidad. Su destinatario no es el iniciado en la materia, sino el ciudadano de siempre. Su intención no es teórica sino práctica. Sus problemas no son metafísicos, pues se sitúan en un espacio mucho más próximo, el de la microfísica, el de los problemas cotidianos con los que tropezamos a diario. Nuestro entorno está plagado de ellos, y nunca mejor que ahora para discutirlos. Murcia es una región donde proliferan nuevos centros de culto, nuevas formas de ritual; sus nombres, por citar algunos, son los de Ikea, Polaris World o Nueva Condomina. Nuestra sociedad ha progresado y se complace con sus mejores logros.
En nuestra región sobreviven las escasas librerías de siempre, mientras proliferan como bacterias las inmobiliarias de barrio, y es que a día de hoy se venden más casas que libros. El dinero negro bulle por las entrañas de nuestra región, y la especulación urbana es su máxima expresión. Además, cada día se hace más flagrante el agotamiento de nuestros recursos naturales, donde la sobreexplotación del agua o la destrucción de paisajes naturales resultan los mejores ejemplos. Los campos de golf se multiplican mientras los pozos de agua se secan; las urbanizaciones se expanden conforme muere la huerta y la costa virgen. El Mercedes es nuestra moneda común, y la bicicleta un espectro en extinción. Nada de esto interesa al filósofo de toga y púlpito, pues lo más probable es que incluso contribuya a su reproducción. Tal vez hablará de infelicidad, pero sólo mediante un sosegado libro de frías palabras que, cómo no, vendrá acompañado de algún tipo de bálsamo teórico, normalmente un derivado de cosmopolitismo kantiano. El lector se irá feliz a la cama, y su autor contará las ganancias obtenidas al calor de la chimenea. Nunca se conocerán ni harán algo juntos; el sistema no lo exige. Ahora comprendo por qué el otro día vi a un grupo de senegaleses indocumentados que, entre risas, alimentaba un fuego con ejemplares de la Crítica de la razón práctica.

Podría continuar con un sinfín de problemas que son verdadero objeto del filósofo tal cual lo entiendo. No se trata de divagar sino de sacar a la luz toda esta suciedad. El filósofo, ya lo he dicho, debe producir infelicidad, y esto exige mancharse. Los filósofos españoles nunca se dieron a conocer porque nunca se mancharon. Ortega lo intentó y consumió sus últimos días desde la más profunda resignación. Lo mismo ocurre en el presente de Francia, vergel filosófico venido a menos, donde recientes problemas sociales tan graves como los incendios en los arrabales parisinos o las protestas estudiantiles contra la precariedad laboral nunca estuvieron reforzados por la filosofía más académica. Ya he dicho por qué: el sistema no lo exige, así que el filósofo profesional prefiere no mancharse. Total, el salario a final de mes será el mismo…El sistema se abastece de estos chinos de la metafísica, de arqueólogos a sueldo que prefieren no destapar el hedor que emerge de las alcantarillas del saber. La sociedad los desconoce porque no han aportado nada; bueno sí, literatura, literatura formal, correcta y aburrida. Al fin y al cabo es lo único que te exige y proporciona el título, brillantez literaria. Diálogo, persuasión, dolor y acción son aditivos innecesarios.

Considero infinitamente más urgente esta visión modesta del filósofo como mosquetero urbano, sensible a las grietas de la realidad, sus contradicciones, sus peligros. De nada servirá mi título sin esta actitud; es más, no se requiere ni siquiera título. Nunca mejor que esta temporada venidera para ejercitarse. Se avecina tiempo de elecciones autonómicas y locales, y esta facultad de filosofía, cuyo nervio crítico debería ser innato, tiene que responder. Los filósofos de a pie debemos comenzar desde ahí, desde la más cotidiana y próxima realidad; sólo así toma sentido la disciplina de la academia. Es una tarea abierta a todos, esto es, a aquellos que aman la discordia. No tengamos miedo en practicarla; seguiremos igualmente a la sombra del sistema, en el paro, sin libros publicados, sin metafísicas, sin grandes discursos, sin reconocimiento del gremio. Nadie te leerá pero tal vez te escucharán; no serás doctor de nada trascendente, pero sí actor de algo inmanente y real. Pero no me hagas caso, lector desconocido; una ventaja de la filosofía está en que podemos creer lo que queramos, nos guste o no, y estas líneas pueden no ser más que esputos de un investigador fracasado, tal vez…