lunes, 11 de febrero de 2008

Reseña a "Cambiar el mundo sin tomar el poder", de John Holloway

Alejandro Moreno Lax



John Holloway es profesor de sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de Puebla y uno de los teóricos más reconocidos del movimiento zapatista. Su obra consiste en una relectura del marxismo a partir de sus reflexiones en torno a esta experiencia acontecida en Chiapas desde el año 1994. Su tesis principal está en defender la posibilidad de un cambio revolucionario de la sociedad neoliberal a partir de nuestra acción cotidiana. Una revolución que significa básicamente disolver el poder en todas las formas resultantes de la alianza entre el Estado y el capital sin pretender ni tan siquiera conquistarlas primero, pues “lo que está en discusión en la transformación revolucionaria del mundo no es de quién es el poder sino la existencia misma del poder”. La revolución consiste en disolver el poder, no en conquistarlo.

Frente a la tradición del marxismo ortodoxo, que defiende una posición de contra-poder para luchar contra el poder establecido, bien sea por medios militares o por medios democráticos, Holloway propone la idea de acción como no-poder, como anti-poder. La crítica a esta tradición se debe a la profunda decepción que causaron los partidos comunistas (y también socialdemócratas) del siglo XX una vez que conquistaron el poder político (URSS, China, etc.), una decepción que resulta al concebir la lucha dentro de un paradigma del poder definido en términos de poder y contra-poder. El fracaso del marxismo ortodoxo está en concebir una lucha contra el poder que, a su vez, genera nuevas formas de poder: la censura política, el terrorismo de Estado, élites dirigentes, burocracia, desigualdad, etc.

El origen del fracaso se debe a la aceptación de la tesis del Estado como aquella institución capaz de controlar todas las formas de poder que mueven la sociedad. Se trataba de ver el Estado como una institución que, una vez conquistada, podría disolverse a sí misma disolviendo todas las formas existentes de poder. Frente a esta abstracción ingenua, el Estado se muestra verdaderamente como una pieza más dentro de la tarta del poder, normalmente dependiente y atenazada por otras formas de poder: las empresas, los medios de comunicación, etc.

La crítica a la tradición ortodoxa del marxismo se completa con su rechazo a la visión maniquea de la sociedad, normalmente clasificada entre los explotadores y los explotados, entre los trabajadores y los capitalistas, entre los que son conscientes y los que no. Frente a esta división radical, Holloway establece que vivimos “contra y en-el-capital”, esto es, que es imposible rechazar el neoliberalismo sin alimentarlo a su vez: “somos activos en el proceso de identificar o reificar relaciones sociales, así como somos activos en producir lo hecho que se vuelve contra nuestro hacer”.

Una vez definidas estas tres críticas, y tomando como hilo conductor el concepto de fetichismo introducido por Marx, Holloway defiende la idea de poder-hacer como hacer autónomo, como no-poder. Frente a la idea de poder-sobre como cosificación del trabajo, como dependencia, como separación entre el hacer y lo hecho, la categoría de poder-hacer consiste en una hacer que nace de la libertad creativa del sujeto hacedor, como trabajo original cuyos productos son controlados por quien los hace. Ahí está el antagonismo básico que enfrenta el poder-hacer al poder-sobre, al poder liberador y al poder opresor. Se trata de una relectura que escapa de las categorías tradicionales de “medios de producción”, “fuerzas productivas”, etc.

De esta manera, Holloway entiende el no-poder como hacer libre que escapa del dominio del capital sobre el trabajo, de quienes deciden el hacer sobre quienes hacen. Para escapar de estas relaciones fetichizadas donde lo anómalo se torna normal no podemos recurrir a la conquista del poder político ni a sus medios clásicos de conquista, porque de lo contrario estaríamos reproduciendo la misma lógica fetichizante de poder (de poder-sobre, de opresión y disciplina). Las alternativas que propone Holloway van desde las acciones clásicas de sabotaje: el retraso o el ausentismo laboral, la huelga, etc. hasta lo que denomina la anti-política de eventos. Se trata de una visión de la lucha incapaz de un método, sino siempre nueva y original, contextualizada, impulsada más allá de una clase determinada (el Partido o la Clase Obrera), sino simplemente por el grito de quienes gritamos continuamente en contra de las absurdas e injustas relaciones de poder que impone la alianza del Estado con el capital.

A partir de esa experiencia negativa que es el grito, el rechazo de las formas capitalistas de opresión, Holloway propone la idea de sujeto crítico-revolucionario que grita contra esta opresión y que actúa para liberarse de ella. Se trata de un sujeto contradictorio que participa del poder-sobre a la vez que reivindica un poder-hacer, vive del capital a la vez que huye del mismo. Se trata de una idea interesante para la izquierda del siglo XXI, aquella que ha encontrado en los movimientos sociales y en las asociaciones civiles un espacio ético transparente y honesto de lucha y de creatividad. Más allá de la política se propone la no-política; más allá de un sujeto definido, heroico y vanguardista, se propone el sujeto crítico-revolucionario, que puede ser cualquiera, cualquiera que grita en contra, cualquiera que cree en un mundo mejor. Se trata de un sujeto que actúa creativamente en su quehacer cotidiano, gobierne quien gobierne, buscando espacios que no estén dominados por el control monetario, espacios de no-poder, y que puede erigirse como revolucionario ante una eventual crisis mundial del capitalismo financiero, ficticio.

El sujeto crítico-revolucionario es una idea interesante, pero a la vez el problema fundamental que se presenta en “Cambiar el mundo sin tomar el poder”, pues responde a la visión extremadamente positiva que tiene la tradición marxista de la persona: este sujeto crítico-revolucionario no sólo grita en-contra-de, sino que es consciente de las luchas existentes, se preocupa por recuperar su autonomía laboral, genera formas creativas de protestas, formas alternativas al poder, etc. Pero, ¿realmente está gritando el mundo? ¿Hay un rechazo radical y masivo hacia el neoliberalismo o un lamento apático? No cabe duda de que la sociedad está molesta con el sistema neoliberal vigente, pero Holloway obvia en su libro la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a contextos hostiles, para aceptar injusticias. No hay duda de que el mundo se puede cambiar con las acciones cotidianas del día a día pero, ¿esta posibilidad es pensable desde el hacer de la mayoría de las personas de este planeta? ¿Realmente hay una preocupación general por una no-política de hacer creativo? Holloway se concentra en el grito de las personas como víctimas del trabajo controlado por el capital, pero no presta atención a las omisiones (y por tanto, la complicidad con dicho capital) de la sociedad en sus acciones cotidianas: hábitos de consumo (el centro comercial), despilfarro ecológicos (abuso del vehículo), etc.

Además, este énfasis en la no-política, en el hacer cotidiano en busca de libertad, olvida que la política (lo que Holloway entiende como poder-sobre del Estado, del parlamento) sigue siendo un foco importante de transformación social. Al sujeto crítico-revolucionario de Holloway no le interesa las reglas de la democracia ni el voto para elegir al gobierno de su país, pues acaba relegando al mismo espacio negativo y opresor a todos los partidos políticos, tanto de derechas como de izquierdas ¿es esto cierto? Esta descripción absolutamente negativa de la política propicia el absentismo del voto de izquierdas y la consolidación en el poder de los partidos más conservadores, como efectivamente ocurrió en las elecciones presidenciales de México en 2006. El error de Holloway se debe a que sitúa una capacidad de cambio absoluta en manos del sujeto crítico-revolucionario, y una incapacidad de cambio absoluta por parte del Estado. El primero es revolucionario y crítico, el segundo es funcional y cómplice. Holloway debería contemplar la idea de transformación que defiende Enrique Dussel, entendida como cambio parcial, a medio camino entre la complicidad con el sistema (funcionalismo) y el cambio radical (revolución): cambio parcial de una institución, de unas leyes, de unas acciones, de unos hábitos de consumo, de unos medios de transporte, etc. Así las cosas, ¿no es más preciso hablar de sujeto crítico-transformador?

Holloway es un irlandés de éxito en América Latina, lugar donde los movimientos sociales tienen más fuerza actualmente. La seducción de su texto está en el rescate del sueño utópico de un mundo sin relaciones de poder (de esa clase de poder que oprime y cosifica a las personas), un sueño que Marx denominó comunismo y que a penas pudo dedicarle unas líneas para describirlo. Un sueño que nuestro autor, conscientemente, se sabe incapaz de definir más que desde la negatividad. Holloway, a pesar de concebir ese sujeto crítico-revolucionario como intrínsecamente contradictorio, como capitalista y no capitalista, como indefinible, como puro grito, se obstina en rescatar de nuevo el viejo antagonismo entre capitalismo y comunismo. Pero, si somos híbridos, ¿quién pertenece a cada bando, a cada sistema? Holloway hace un esfuerzo por definir el comunismo más allá de la negatividad del “movimiento de lo que existe en el modo de ser negado”, sino también positivamente, como “el comunal reunir la experiencia del movimiento colectivo y la oposición a su fragmentación”. Pero, en una sociedad gobernada por grandes metrópolis formadas por complejísimas redes y mezclas de mercancías, razas y culturas, en una sociedad global, ¿no es una quimera? ¿Es posible organizar el mundo entero en pequeñas comunidades, tal y como lo han conseguido los zapatistas con sus caracoles en la selva de Chiapas? Más que una utopía realizable, un mundo sin relaciones de poder se presenta antes bien como una idea regulativa, como un horizonte lejano que, como dice Galeano, sólo sirve para caminar, para mantener la esperanza.

3 comentarios:

KesheR dijo...

¡Ni más ni menos que el Anarquismo!

¡El Anarcosocialismo es la solución!

CHIPOLA dijo...

MUY INTERESANTE.
EL TEMA SIEMPRE HA ESTADO EN "NO SER TOMADO POR EL PODER" PROBLEMA PERMANENTE EN LA TOMA DEL MISMO.

REALMENTE EL PROMBLEMA "HA ESTADO EN QUE NO HA ESTADO", PORQUE LA CR�TICA DEL PODER (Y SU CONQUISTA)EN LOS APARATOS QUE JUEGAN A CAMBIAR ALGO, ES LA GRAN AUSENTE.
NING�N PARTIDO U ORGANIZACI�N PONE EN TELA DE JUICIO ESTE COMPONENTE PRIMARIO, ANIMAL Y PREHIST�RICO EN LAS RELACIONES HUMANAS, QUE ES EL PODER.
ELLO IMPLICA UNA POSICI�N DISTINTA DEL MUNDO, LA PERSONA, LA SOCIEDAD Y LA LUCHA.
ES PLANTEAMIENTO REVOLUCIONARIO PORQUE ES GLOBAL Y RADICAL, ESTO ES, DE RAIZ.
Y YENDO A LA RAIZ, AL PRINCIPIO GENERADOR DE TODO, A LO M�S ORIGINAL, AL ORIGEN PARA ENTENDERNOS, LA FAENA POR HACER (Y HACERNOS)ES CREAR AL HOMBRE NUEVO, TRABAJO ESTE QUE NO OCUPA UN CAPULLO EN LAS BASES Y V�RTICES DE LOS MOVIMIENTOS "A LA CONTRA".

S�LO UN HOMBRE NUEVO HAR� NUEVA UNA SOCIEDAD SIN EL PODER, INGREDIENTE B�SICO DE LA RAZA, EL DINERO, EL PARTIDO, EL MACHISMO, EL ESTADO, LA IGLESIA, EL EJ�RCITO, LA EMPRESA, LA FAMILIA, Y, POR TERNMINAR DE UN TIR�N, EL MUNICIPIO Y EL SINDICATO QUE DEC�AN LOS FANQUISTAS.

CREAR EL HOMBRE NUEVO, BASE DE TODA UTIP�A SOCIAL, �S EL AUSENTE DE TODA FORMACI�N MILITANTE "A LA CONTRA" CON LO QUE EL PROBLEMA NO ES QUE NO SE ACLARE... ES QUE NI SE PLANTEA.
�C�MO DESCONECTAMOS EL PODER, MECANISMO B�SICO DE LA SOCIEDAD QUE TENEMOS?
Y LO MEJOR, �C�MO LO HACEMOS TODOS Y YO MISMO?.

Ch.

alejandromorenolax dijo...

Estoy de acuerdo, creo que la izquierda tiene que poner una atención prioritaria en la formación de valores éticos y críticos, primero porque ese aspecto está desatendido en general, y segundo porque, al parecer, la derecha es la única propietaria de la moral (y qué moral...)