martes, 4 de diciembre de 2007

Puebla

Puebla

Este texto iba a escribirse antes que ningún otro, a modo de presentación de aquellas primeras impresiones acerca de esta ciudad mexicana. En vista de que el impacto que Puebla me ha producido desde un principio, me he visto obligado continuamente a retrasar dichas impresiones con el fin de evitar falsas apariencias o los entusiasmos típicos de alguien que acaba de abandonar una ciudad europea. A veces es demasiado fácil exaltar lo nuevo y, todavía más, rechazar de plano toda la cultura de la que uno procede (Europa, en este caso), tachándola de colonialista, fría, calculadora, imperialista, etc, etc. Algo así me pasó en Brasil, y ahora he preferido ser más cauteloso.

Después de 33 días aquí, sigo pensando que Puebla es una ciudad literaria. En ella habita un aura mágica que sólo es posible como resultado de muchas fusiones, de muchas culturas; eso es México en general. Puebla es una ciudad acordonada por tres volcanes impresionantes, el Popocatepel, el Iztaccíhuatl y la Malinche. Ellos son testigos del momento en que Hernán Cortés llegó a San Pedro Cholula, ciudad a la vez olmeca, tolteca y azteca, y relató a Carlos V que acababa de descubrir una ciudad tan antigua como Roma. Junto a ella, en 1531, los españoles decidieron construir una ciudad que estuviera a caballo entre el mar y Tenochtitlán, entre Veracruz y la capital de Nueva España.

Dios estaba de lado de los españoles, y aquí se construyeron 128 iglesias católicas, a cada cual más grande y señorial. De hecho, su catedral, diseñada por Juan de Herrera, es la más alta del país. La influencia colonial ha sido todavía más fuerte en Puebla que en el resto de México; tal vez por eso sea una ciudad conservadora, tan devota y gobernada por el mismo partido que hace 70 años, el PRI, Partido Revolucionario Institucional (¿es posible una “revolución institucional”?). La misma arquitectura da fiel reflejo de la influencia, hasta el punto de que todo el centro de la ciudad está declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Dejé de contar la cantidad de enormes caseríos de piedra con varios siglos de edad. Sí, los conquistadores a quienes se les encomendó tierra y gobierno sabían vivir bien, eso no hay quien lo discuta.

Junto a ellos anida todo un arco iris de casas lucidas con colores muy intensos y vivos, cada una diferente y vistosa a su manera. La pasión por el color está muy presente en México. Todos estos edificios no dejan de albergar un encanto hipnotizante; paso junto a ellos y me siento obligado a meter mi hocico en su interior para olfatear qué ocurre ahí dentro. No dejan de sorprenderme, pues igual me encuentro cafeterías acogedoras, museos, facultades universitarias e incluso una librería-biblioteca-cafetería de muchos años de antigüedad. No exagero nada. La semana pasada descubrí que en mi misma calle hay una biblioteca de humanidades enorme y, esta misma tarde, me he tropezado a dos cuadras de mi casa con una especie de Montmartre poblano nada desdeñable, “el Parián”. En general es un descanso para mí no ver esas grúas y esos edificios megalómanos y falocráticos que tanto gusta proyectar a nuestro querido nido de cuervos murciano llamado promotores.

Además, por las noches gana todavía un grado más de aire bohemio y romántico, con sus claroscuros, sus faroles tenues, sus adoquines, sus carros viejos y destartalados, su silencio y soledad. No es una ciudad peligrosa, por lo menos conmigo, pero siempre es bueno estar cerca de casa a determinadas horas. Lo más peligroso son los coches, o mejor, sus conductores, pues realmente la vida del peatón pierde todo valor cuando se trata de cruzar la calle. Ahí se percibe bien las dosis de estupidez que manifiestan los poblanos, pues a veces parece que no sólo luchan por ser el más rápido al volante, sino también por tener el Chevrolet más grande, feo y contaminante; poco importa que el estómago esté vacío. Dicen que una milésima de segundo es el tiempo que tarda un poblano en tocar el claxon desde que el semáforo se pone en verde…

A veces tengo flashes que parecen transportarme a una España de los tempranos 80, cuando mis recuerdos son vagos o nulos. Veo imágenes que me llevan directamente a la infancia, o tal vez a un pasado que existió en España y que yo no puedo recordar. Me ocurre con los refrescos de vidrio, los antiguos coches “600”, las aceras desconchadas y agujereadas, los puestos ambulantes, los chavales tan trajeados, la muletilla de “licenciado” o “doctor”, las mujeres que nunca andan solas en los bares…En general, todos estos elementos y muchos otros generan un aire de sencillez y familiaridad social que en España ya hemos perdido

Las percepciones que me vienen conforme camino por las calles de Puebla son de color, alegría y mucha vitalidad. Hay mucha vida bajo el eterno azul que es Puebla. Gracias a lo que nosotros llamamos “economía informal”, y que aquí representa la “economía normal” (97% de las empresas), las calles están llenas de comercio continuo, con la peculiaridad de sus comidas “bien picosas”, sus “paletas” (helados), sus “aguas” (zumos de frutas), sus artesanías…Son los pobres quienes animan todo este cotarro. Hasta el camión del gas tiene gracia con su melodía de feria. Además, aquí existe una cultura musical muy fuerte. De las balconadas siempre se derrama música y voces de fiesta, en cualquier bar siempre habrá un guitarrista o un grupo tocando en vivo, y en todas y cada una de las fiestas de casas particulares a las que fui, en todas, allí hubo una o varias bandas tocando.

Es ya una norma que los chavales a los que voy conociendo sepan tocar uno o más instrumentos. He hecho buena amistad con un tipo de 19 y otro de 21 años, entre otros. En España no tengo amigos, creo, a los que saque tanta edad. Aquí es diferente, sobre todo porque los jóvenes maduran a edades mucho más tempranas. La escasez endurece y espabila, física y mentalmente. El impacto es todavía mayor con las mujeres indígenas de la Junta Auxiliar de la Resurrección. Cuando pienso que tienen 35 o 40 años no suelen llegar a los 25.

Pero lo que allí ocurre es ya otra historia, porque lo que acabo de contar se refiere, claro está, al centro histórico de Puebla, donde yo vivo y donde los turistas vienen con sus camisas de flores a maravillarse. Otra realidad mucho más amplia y triste se extiende no muy lejos, allí donde trabajo.