viernes, 19 de octubre de 2007

Utopía

Utopía

Alejandro Moreno Lax

Este es el relato de la noche más fascinante de la historia, mejor dicho, de la Historia mayúscula de los hombres más grandes de todos los tiempos. Jamás antes pudo nadie concebir una concentración de poder intelectual más potente y soberbia como la que se dio cita aquella cálida noche de verano. Hasta ese momento, las luchas habían sido fraccionarias, dispersas, normalmente solitarias y de efectos limitados. Los grandes relatos, los discursos más convincentes, las meditaciones más sesudas y todas las demás formas lingüísticas con las que el genio humano ha podido elevar con fruición su instinto utópico no fueron hasta entonces más que simples márgenes de la historia.

Pero aquella noche fue la primera vez, y seguramente la última, que toda esa constelación milenaria de verbos divinos colisionó pacíficamente conforme a un mismo espíritu. Por una vez en la Historia, aquellos próceres abandonaron sus redes discursivas para reunirse en torno a una misma mesa. Por fin, habían dejado de congregarse en las mismas obras enciclopédicas para así poder encarnarse en la realidad de aquella inolvidable asamblea. Del libro al salón, los letrados de la Historia habían dado un paso que no tenía igual en todo anterior pasado. De hecho, podía palparse en el ambiente un cierto halo de nerviosismo y emoción disciplinada, y es que la ocasión lo merecía. Los gestos apretados, las miradas de soslayo, los ceños fruncidos y los cuellos desabrochados no eran más que las exigencias de la noche más titánica de cuantas jamás cupo imaginar el ser humano. El poder que exhalaba tal pléyade de almas carismáticas cargaba el salón de una atmósfera irrespirable. No era para menos, y es que allí estaban en verdad todos, sin excusas, sin matices. La altura de los tiempos no les resultó indiferente, tampoco sus exigencias.

Se me está poniendo la piel de gallina conforme escribo el recuerdo de aquella fáustica velada. Por aquel salón, el más alado de cuantos existen en nuestro planeta, estaban volando los vientos más ilustres de la Historia. Ni tan siquiera las limitaciones de mi propia formación cultural eran esquivas a rostros tan señeros y atormentados. Tal era la trascendencia de sus figuras que en todo momento fui capaz de reconocerlos, por más que en su gran mayoría presentaban un aspecto ineludiblemente envejecido y fatigado. Todos sabían perfectamente que aquella noche estaba en juego su reputación para la posteridad, la definitiva confirmación de toda una vida consagrada a la profecía. Era ese subconsciente escatológico el que atizaba aquella atmósfera infernal. De nada serviría morir sin un mínimo de dignidad intelectual.

El estado de la negociación había avanzado enormemente. Prácticamente todos los allí presentes habían estampado ya sus respectivas firmas, las cuales se presentaban ante mis ojos como verdaderos sismógrafos de la agitación espiritual que hervía en el interior de cada uno. Era comprensible, pues se trataba de la primera vez que ellos mismos tomaban de común acuerdo la iniciativa de configurar un libro definitivo, universal y unitario, capaz de reunir las inquietudes de todos y cada uno de aquellos intelectuales. Hasta entonces, nunca habían conseguido descomprimir su personalidad temperamental en la fuerza totalizante de un acuerdo irrenunciable y compartido. Solo entonces dieron su brazo a torcer. Sólo entonces silenciaron el crepitar de su fuego interno para escuchar y conciliar los más coléricos rugidos teóricos que proferían sus compañeros de salón y de Historia.

Eran ya incontables las páginas que se habían rellenado de aquel maravilloso volumen. Su encuadernación era de piel, y su título estaba impreso en rutilantes letras de oro puro. Versaba una sola palabra: “Utopía”. Era escueta y sencilla, pero también deslumbrante y ambiciosa. Hay que reconocer que sus pretensiones bien justificaban la asistencia de tanta personalidad. Era el Gran Libro de la Utopía. En ese suntuoso salón se estaba pactando por la primera y definitiva utopía colectiva de la Historia de la humanidad. El magisterio de la historia había enseñado la insuficiencia y despilfarro de tanta cátedra en perpetua discordia. Las potencias que se habían fraguado a lo largo de la historia eran escasas pero válidas todas ellas. Cada una había arrojado su propio haz luminoso, su personal autenticidad, y de ahí la inutilidad de seguir luchando en una guerra ya inexorablemente absurda. Los rumiantes de la teoría habían comprendido la necesidad de confabularse sobre un mismo vuelo, una misma letra, una misma utopía. El género humano guardaba sus últimas expectativas de redención en la definitiva consumación de aquel pacto sagrado. Ciertamente era portentoso el nivel y la complejidad en la que había desembocado aquella reciente utopía hecha libro. El humo que se desprendía de sus letras incandescentes era fiel reflejo del vigor de sus frases, recientemente impresas en la fragua de la cultura. No eran más que los rescoldos de un debate terrible e inmemorial, alimentado por las digresiones más hondas y perspicaces. Yo estaba allí, y a duras penas fui capaz de moderar la indómita sagacidad de unas reflexiones que, en ocasiones, desbordaban mis facultades para el arbitraje. Confieso humildemente que ellos mismos fueron los jueces últimos de una utopía que escapaba a mis carnales limitaciones.

Prácticamente todos habían desfilado ya por la tarima donde se encontraba ese gran libro, donde me encontraba yo. En ningún momento dejé de cruzarme los con gestos emocionados, siempre graves y circunspectos, de aquellos hombres de caligrafía. Todos habían asumido en sus épocas correspondientes la misión oracular de especular con el futuro y la felicidad de sus gentes. Atlantes de sus pueblos, aquellos visionarios no hacían más que afrontar una nueva futurología, esta vez a escala planetaria. Desde los grandes profetas de Israel, pasando por los presocráticos griegos, los escolásticos más rigurosos, los idealistas y los materialistas, y así un desfile infinito que incluía a los más egregios del siglo XX. Ese Babel cultural era extraordinario, inaudito, lo podía experimentar en el poder de sus miradas penetrantes y la hondura de sus rostros surcados por el tiempo. Ese potencial de expresividad, casi telepático, disolvía las clásicas barreras idiomáticas y simbólicas que se presentan en toda colisión de civilizaciones. Todos sabían que los demás sabían, y eso era suficiente; me refiero al nivel de autoconciencia que todos tenían aquella noche, cenit de la Historia de las ideas.

Dije que prácticamente todos habían firmado ya. El orden de firmas había respetado la sucesión cronológica que la historia había asignado a cada uno de los allí presentes, desde las primeras grandes civilizaciones hasta el siglo pasado. Pero esto no era totalmente cierto, pues hubo una excepción. Nietzsche, el más descreído de aquellos inmortales, había abandonado el colectivo que reunía al sector del romanticismo decimonónico. Sus espesos bigotes, unidos a la tensión de sus facciones, componían el rostro más dramático de cuantos hube observado. Se había abandonado al único rincón que albergaba una cierta aura de oscuridad, guiado a buen seguro por los coletazos urticantes del escepticismo. Sin mediar palabra, tomó la decisión de apartarse allí donde nadie lo pudiese vigilar ni controlar. Nadie lo intentó. Todos le conocían lo suficiente como para guardarse de sus reacciones coléricas y furibundas. Allí permaneció, quieto, ligeramente trémulo y angustiado, cotejando las posibilidades que le ofrecía la alianza recientemente estampada en el gran libro. Nadie tenía que renunciar a su propia utopía como él, y ello le provocaba una conmoción excesiva que sobrecogía al más sosegado de los espíritus.

Pasó el tiempo, el necesario para que los más contemporáneos de nuestra era hubiesen registrado su conformidad. Todos los signatarios estaban ya a la espera de aquel lunático mostachudo que tanto había dado que hablar en la víspera de aquel acontecimiento. La expectación del momento era tan bárbara que sólo se escuchaban frenéticos latidos de corazones palpitantes acompañados de respiraciones asfixiadas. Las agujas de los relojes acuchillaban el tiempo. Todas las miradas estaban dirigidas a un hombre que nunca gustó de actos públicos ni solemnes, ni mucho menos dirigidos a la humanidad. Sus pupilas estaban tan absortas que parecían congeladas en el vacío. Sólo un leve balanceo que acompañaba a todo su cuerpo nos informaba de un organismo todavía en vida.

De repente, con paso firme y ligero, decidió hacerlo. Me estrechó su mano eléctrica con fuerza y, acto seguido, clavó su firma. Junto a ella cayó una lágrima, pero nadie más que yo lo advirtió. La reacción del resto de invitados fue la de un júbilo inmediato que estallaba a ritmo de fuegos de artificio. Desde aquel mismo instante, el protocolo había terminado para dar paso a la gran fiesta de la utopía. Al otro lado de las finas cortinas del salón, ya en el jardín, podíamos escuchar el ambiente de éxtasis en el que se había envuelto el resto de expectantes mortales. Debían de ser muchos, pues el estruendo era ensordecedor. Gritos embriagados, percusiones variopintas y lemas ininteligibles daban fe del entusiasmo desmedido de aquellas gentes. Habían aguardado mucho, pero que mucho tiempo, hasta poder ver cumplido su sueño utópico, aquel sueño flotante donde la libertad de cada uno podía convivir con la justicia entre todos ellos. Se acababa de inaugurar una nueva era donde todos los seres humanos contaban con la dignidad suficiente que les permitía ser por siempre felices.

Era innegable la satisfacción universal que aquellas mesnadas sentían por la confirmación del acuerdo de esta nueva utopía, la más integradora y envolvente de cuantas quepa esperar del género humano. Por fin, ella daba pie a un estadio definitivo de reconciliación que ya nunca podría dar marcha atrás. La metodología a seguir estaba tan rigurosamente detallada en el Gran Libro de la Utopía que nadie podía concebir otro futuro más que el progreso indefinido y la plenitud de los tiempos. Se trataba de un depurado sistema de ideas que resultaba de debates celestiales, y que recogía todos los beneficios reportados por las experiencias del pasado. Fue redactado con primor y exactitud, donde la pulcritud de la palabra se mezclaba con la profundidad de sus significados. Todo estaba estipulado para el bien vivir de la humanidad, pues la fantasía se había elevado a palabra de un modo definitivo. Los hombres no sólo eran libres en sus deseos, sino que también eran iguales en riqueza y hermosura. Todos eran pura voluntad de poder y entrega absoluta a los demás, dominio y responsabilidad simultanea; todos vivían en desorden las virtudes del orden; todos manifestaban en su cuerpo la universalidad de su espíritu. La humanidad entera había asistido a aquel inmenso jardín de palacio donde por fin se acordó un plan único de reconciliación definitiva. Desde entonces, todos sin exclusión comenzaron una nueva vida plena de expectativas.

En el salón, donde el ambiente era ya más distendido, comenzaron a entonar su mejor lírica las mismas musas que tantas noches de gloria habían proporcionado a aquellos dandys de la soledad y el pensar. Creo que aquellos coros celestiales nos ruborizaron a todos, todavía un poco aturdidos por la tensión ante el desenlace de la velada. Aquellas voces de ultratumba consagraban el pacto recién firmado, y con él, la promesa de eterna felicidad. Era delicioso escuchar aquellos cuerpos blancos y etéreos que se erguían sobre todos nosotros. Por unos instantes, aquellos intelectuales pudieron sumergirse libremente en las profundidades de esa nueva utopía que acababan de signar, saboreando las mieles de su éxito personal tantas veces anhelado, proyectando su regocijo en el gozo de las masas expectantes.

Era el momento de felicitarse mutuamente por la hazaña conquistada. Por una vez en sus vidas, los allí presentes abandonaron su inveterada circunspección para, todo lo contrario, liberar sus pulsiones más arcaicas e inmediatas. De la ceremonia más rígida y formal se pasó al más orgiástico de los saturnales. Aquellas mentes laboriosas y altaneras abandonaron su condición de liderazgo para disolverse en el magma febril de la fiesta salvaje, donde el fervor del éxito desató con furia las pasiones reprimidas durante milenios. Ya no era necesario promover más ficciones intelectuales, por lo menos en aquél salón; el tiempo de los grandes discursos de masas se había zanjado en un gran libro. Tampoco había lugar para los tinteros, los manuscritos, los micrófonos. Todos aprendieron un poco aquella noche, pues ninguno estaba acostumbrado a concederse tantas libertades, mejor, tantos libertinajes. Abandonar la nitidez de sus contornos subjetivos para fusionarse en un colectivo acéfalo y heterogéneo era todo un acto de valentía para estas distinguidas personalidades. Poco a poco, aquellos filósofos, líderes espirituales, místicos y demás anacoretas fueron desfigurando su propia autoridad en una fluida totalidad donde la voluptuosidad, la música, la embriaguez y la danza generaron un estado de confusión, mezcla y arrobamiento que se extendía hasta el infinito. Por increíble que parezca, todas las opciones resultaban posibles en aquella dulce velada.

Era muy gratificante el caluroso abrazo que se concedieron Aristóteles y Buda, el filósofo de la tierra y el asceta del karma. Yo no entendía lo que se decían, tal vez ni siquiera ellos mismos lo lograsen, pero creo que no era necesario en ese momento de inconsciente colectivo guiado por la pasión utópica. No pude ocultar mis carcajadas cuando vi mantear a un Rousseau completamente desnudo y desbocado. Sus trazas eran más bien pálidas y escuálidas, pero la jovialidad de sus expresiones podía contagiar al más indiferente de aquel majestuoso salón. Creo que de sus labios sí alcancé a comprender sus palabras; profería un desenfadado “¡égalité, égalité!” Algunos, como era el caso de Platón, permanecían en la sombra con una ligera sonrisa en sus labios. El sabio ateniense se sentía autorizado por la Historia para regresar a la caverna y liberar a todos los esclavos de la humanidad. Junto a él permanecía el laborioso Comte, frotándose las manos mientras diseñaba con sus escuadras y cartabones la nueva sociedad del futuro. Seguía ataviado de ordenadas y lisas ropas, pero la fruición por sus megalómanos proyectos desbordaba a raudales su enorme planta. Más allá, San Agustín y sus discípulos levitaban en un claro gesto de devoción y entrega. Todos permanecían cogidos de la mano con un tono pacífico y dócil, como envueltos en una aureola de beatitud que tan sobrecogidos nos dejó a todos. Y al fondo ¡cómo no! se tuteaban Jesucristo y Marx después de tantos siglos de separación e injustos reproches. Los dos se hablaban con ternura y entre sollozos, profundamente hermanados, pues la historia los había enfrentado sin escuchar los dictados de la Historia. Los dos se tuteaban y sonreían, especialmente cuando ambos coincidieron en un pensamiento que sus tumbas jamás permitieron reclamar: donde uno decía pobres y misericordiosos, otro decía obreros y explotados. Esos dos peludos se sabían diferentes al resto, y con toda la razón, así que la estrechez de sus vínculos era todavía mayor.

Aquella noche hubo en los salones de palacio un jaleo sin precedentes. Aquellos magnánimos se reunían en grupos que pronto se disolvían y recomponían en nuevos grupos. Todos se buscaban entre sí, especialmente aquellos que habían influido en las ideas de otros y que habían tomado las riendas ideológicas en calidad de sucesores. El mejor ejemplo era el de Heráclito y Nietzsche, que se habían subido a la mesa de todos los comensales para beber de un solo trago enormes copas de vino. Se habían tomado en serio eso de la fluidez y el dinamismo, y ustedes podrán imaginar los destrozos que causaron al caminar abrazados a lo largo de la larga mesa rectangular. Gritaban mucho, sus bocas se abrían como fauces diabólicas y sus brincos provocaban terribles estruendos. Ambos se habían emborrachado hasta la inconsciencia, y ya nadie intentó poner freno a sus perversas ocurrencias. La embriaguez de aquella calurosa noche alcanzó incluso a la personalidad de Kant, que en ningún caso abandonó la compañía de Robespierre. Sinceramente, era muy curioso verlo lejos de su hogar de Königsberg, ahí, sumergido en la impureza de la fiesta, rodeado de sanguinarios revolucionarios, incapaz de controlar su satisfacción por un futuro destinado al cosmopolitismo. Incluso Gandhi consintió comer durante la celebración. Sus tripas carcomidas por el hambre formaron parte, por una noche, del lujo y el desenfreno de aquella histórica celebración de los más grandes sabios de la Historia.

La fiesta se extendió hasta altas horas de la madrugada. El Gran Libro de la Utopía, instalado en lo más alto del atril situado en la tarima más elevada, suscitaba en todo el salón un poder carismático capaz de unir sentimentalmente a todo el enjambre de letrados. Él los reunía a todos, pues su amalgama de sentencias saciaba los anhelos de utopía que todos habían deseado en sus respectivas vidas. Todos habían padecido por la humanidad hasta la extenuación y la muerte, todos se habían sentido responsables de cargar con todos los lastres que el género humano venía arrastrando desde tiempos ignotos. De hecho, ninguno de sus coetáneos los había comprendido lo suficiente como para poder descargar las frustraciones típicas provocadas por cualquier sociedad decadente. Se habían sentido solos, y solos habían vivido: sin compañera, sin amigos, sin fuertes vivencias…Aquella gente me emocionaba, pues bien podía imaginarme el sinnúmero de noches esforzadas en transformar el mundo, sus gentes, sus ideas, sus actos. Sentía entre admiración y compasión cuando contemplaba a tantos y tantos intelectuales que se habían entregado por una causa tan noble y disparatada, y que hoy, después de tanto tiempo, parecían encontrar justa recompensa y reconocimiento eterno. No sabría valorar con precisión si todos esos esfuerzos merecían la pena. El fatalismo inunda nuestros cerebros hasta tales extremos que en ocasiones resulta inevitable dejarse arrastrar por la corriente del pesimismo y la insidia. No me atrevería a pronunciarme, si me dieran a elegir, entre la letra muerta y profética o la inacción cotidiana, entre la teoría despegada de la realidad o la negligencia del día a día.

En fin, lo único cierto es que todos los protagonistas de esta historia se lo estaban pasando en grande. La euforia se había contagiado entre todos. Aquella era una noche de excesos, lujos e irresponsabilidades; parecía como si todos y cada uno de los allí presentes hubiesen pactado para que así fuese. Todos eran cómplices de aquella algarabía donde el consumo desmedido se aliaba con la fraternidad general. Todos y nadie eran embriagados soberanos de un festival coronado por el Gran Libro de la Utopía. Los licores más fuertes y la carne más grasienta circulaban sin cesar por aquella fantástica sala de fiestas. Hubo ocasiones en las que llegué a sentir vergüenza ajena ante los niveles de degeneración moral de algunos de los allí presentes. Sin revelar su identidad, puedo dar testimonio que alguien llegó a frotar sus miembros más impúdicos sobre el lomo del Gran Libro de la Utopía. Allí dejaron restos de saliva, pelos y demás secreciones impronunciables que me provocaron en más de una ocasión asco y náuseas. También encontré por los suelos alguna peluca extraviada, incluso diversas sustancias alucinógenas. Aquella gente estaba entregada al máximo, dando rienda suelta a la jauría de perros que encerraban sus conciencias, devorando sus propios mitos, sus leyes, sus imperativos y todas las normas que su poder de inventiva había engendrado. No es necesario que relate más detalles sobre un triste espectáculo del que todos, alguna vez, hemos formado parte.

La vorágine de obscenidades amainaba poco a poco. El alto voltaje de aquellos espíritus se descargaba con el paso del tiempo, de la noche, de los efectos. Ya no me resultaba fácil encontrar esas escenas ardientes donde la fusión, la locura, el éxtasis y el desenfreno se mezclaban hasta lo irracional, pues ahora era el turno de los sueños más profundos y apoltronados. Los venerables se fueron acurrucando entre sí para encontrar ese calor maternal que algunos ni conocieron; otros se desparramaron directamente por el suelo, normalmente debajo de la mesa o apoyados en un rincón. También había quienes apuraban en solitario los últimos restos de alcohol. En general, podría decirse que el cuadro de aquel salón tomaba el cariz de un rebaño apacible, manso y domesticado. Prácticamente nadie mediaba palabra, tal vez algunos murmullos y balbuceos, tampoco grandes sobresaltos, sin contar con algunos espasmos de sonámbulo. El Gran Libro de la Utopía seguía allí, reinando sobre aquel inhóspito salón, proporcionando la consistencia teórica que aquella escena había consumido por sí misma. Ese libro era el único sabio que había permanecido en pie después de todo; era sobrio, austero pero elegante, y en todo caso transmitía respeto y devoción. Era el único que desde entonces se sentía con energías para legislar tanta indisciplina. Su primera ley, la del silencio, se hacía notar con primor en la atmósfera estupefaciente de aquel inmenso salón de celebraciones.

En medio de ese reinado, con mucha destreza y sigilo, se hacía notar una tenue hilaridad sonora, agradable, prístina, frágil. Eran los primeros cantos de aurora de un canario. Sus melodías parecían endulzar aún más si cabe los profundos sueños de aquellos satisfechos soñadores. Nada perturbaba su concierto, ni la juerga de salón ni los aullidos de los jardines; los líderes dormitaban y las masas ya eran felices. La única realidad que les restaba consistía en imágenes etéreas, visiones oníricas y experiencias del subconsciente capaces de alimentar y sostener sus profundas ensoñaciones. Estas eran sus primeras experiencias con la recién cumplida utopía, aquella que tantos sudores les había exigido y que hoy, por fin, veía la luz.

Esa misma luz era la que se filtraba por las impresionantes ventanas del salón. Los primeros rayos de sol comenzaban a coquetear por toda la estancia, atravesando ventanas y sorteando enormes cortinajes, inundando la escena y penetrando los párpados más inquietos. De repente, sin más, alguien quedó sobresaltado. Era Réné Descartes, matemático de mal dormir y relojero del siglo XVII. Tiempo después me confesó que había sentido cierto regocijo al despertarse con aquellos haces de luz y sentirse el primero en contemplar los resultados del Gran Libro de la Utopía. Aún soñoliento, con dolor de cabeza y andar pesado, se acercó a uno de los múltiples ventanales que lustraban el salón. Todavía ingenuo ante la gravedad del momento al que asistía, descorrió el inmenso cortinaje color oro. De repente le sobresaltó la estupefacción al contemplar el espectáculo horrendo que estaba sucediendo en los jardines de palacio, si es que todavía cabía llamarlos así. Sin espacio para la reflexión, sin ánimo para reaccionar, sus ojos desorbitados se vendieron, en calidad de arrellanado espectador, a la contemplación de aquella escena dantesca. Se trataba de una irrealidad impensable para una metafísica como la suya; para ser sincero, molesta. De la pluma de Descartes nunca había salido una palabra maloliente, nunca un pensamiento vulgar. Nunca. Y ahora, de repente, se estrellaba contra una formidable deformidad humana tan palmaria que, por vez primera, su tranquila conciencia dejaba de estarlo.

Por allá y por acá, en cualquier rincón de todos aquellos devastados jardines, no afloraban más que maldades de una repugnante bajeza moral. Justo debajo del ventanal, vio que un hombre intratable dirigía dos cuerpos humanos cuales perros hambrientos, con collares, látigo y muy mal humor. De su boca no se entendía más que un asfixiante: “¡más rápido, más rápido!” Por lo visto, su intención no era más que la de ser transportado por su auriga a velocidades cada vez mayores, frenéticas, inigualables. De camino iba reclutando hombres que aspiraban algún día a adquirir las dotes de mando que el susodicho malhumorado había adquirido ya desde esa misma madrugada. Sólo el morbo que les suscitaba el mero hecho de poder controlar a voluntad un fenómeno tan arriesgado como la velocidad les exigía las mismas dosis de excitación que de entrega. En silencio, sumisos, se limitaban a sumarse a la misma corriente de despojados que tiraba y tiraba del carro en una sola dirección: adelante.

Un poco más atrás se había situado un bien ataviado señor, de impecable aspecto, planta firme y flamante sonrisa. Frente a él, suplicante, se arrodillaba un grupo de mujeres semidesnudas que clamaban por la libertad. Todas eran hermosas y de cuerpos lozanos, pero de nada servían estas ventajas recibidas horas atrás en comparación con la profunda tristeza que invadía sus rostros. Todas habían sido capturadas minutos después de que Nietzsche diese por concluida la ronda de firmas del Gran Libro de la Utopía. Aquellas desgraciadas habían sido enjauladas y obligadas a prostituirse hasta morir; a juzgar por lo ocurrido en el transcurso de las horas, parecía que la amenaza iba en serio. La celda estaba trillada de repetidos mensajes: “eres la reina del hogar, y allí debes reinar; eres la reina del hogar, y allí debes reinar; eres…”

La población más numerosa se amontonaba en el centro de los antiguos jardines de palacio, ahora más bien eriales. El revuelo que allí se había formado era tan bárbaro como el mestizaje de sus gentes. Negros robustos de color ébano, chinos estereotipados, indígenas sin fe y un largo etcétera se arremolinaban en torno a ocho hombres blancos elevados sobre ellos. Los ocho estaban encaramados a una montaña de panes y de peces que horas atrás se habían repartido justamente, tal y como quedó estipulado en el Gran Libro de la Utopía. Allí se dejaba bien claro que todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, tenían el derecho a ser soberanos de los alimentos del mundo, sin excusas. Bien al contrario, y a falta de un patrón monetario más volátil, los ocho adelantados de su tiempo se habían encargado en el transcurrir de la madrugada de ultrajar a las casi 200 personas que a su alrededor se encontraban. No tenían verjas, tampoco collares; se trataba de algo peor: no tenían comida, pues aquellos ocho indeseables habían empleado la noche en ingeniárselas para estar por encima del resto de mortales. Los demás no lo sabían, tan sólo sabían que por allí se olía a comida y que la necesitaban. Los ocho hombres mejor alimentados de aquella humanidad habían tapado sus botines con un plástico atractivo y opaco que ocultaba a los demás su visión, pero no su olor. La mayoría indigente creía que los panes y los peces se encontraban escondidos entre los demás mestizajes, y es por ello que se enfrentaban unos a otros sin tregua, en muchas ocasiones hasta la muerte. Era una buena distracción para los ocho enaltecidos, como recompensa a una larga noche robando alimentos para desposeer a las personas de la más mínima de su forma de existencia. Sólo así lograron elevarse.

En lo que respecta al aspecto general de los viejos jardines, la transformación había sido frenética en cuestión de una noche, pues de las vastas áreas de alfombra verde que tapizaban los alrededores de palacio habíamos pasado a un no menos enorme desierto de arena árida, con la sola excepción de un minúsculo reducto de verde espléndido y numerosos juegos de agua. El aspecto de ese nuevo vergel era indiscutiblemente admirable, exótico incluso ante los ojos del más frío de los matemáticos. La estampa era realmente paradójica, pues de unos hermosos jardines ya no quedaban más que artificios verdes y acuáticos, todos ellos rodeados por vastas áreas de superficie inhóspita y hostil, donde los vendavales, los tornados y las sequías se sucedían unas a otras. Tal hostilidad no afectaba al mencionado vergel, morada de los ocho hombres blancos y auténtica fortaleza blindada contra cualquier fenómeno natural imprevisible. Se trataba de un atrezzo de desierto construido para obviar una climatología cada vez más adversa para el bienvivir de aquellos ocho conquistadores. En ese bunker habitaba el silencio a sus anchas, junto con sus inseparables compañeras: la tranquilidad y la asepsia. Todo afortunado que lograse un acceso a esas glorias no tenía que preocuparse más por las mundanidades y miserias del exterior.

Allí se distinguía un pequeño corro de humanos de blancas carnes y risueñas caras. Todos ellos cacareaban insistentemente una misma frase: “somos libres, somos libres, somos…” Habían pasado así toda la noche, felices y contentos de engullir sin parar la comida que les suministraban unos tipos atractivos, también felices y contentos que, al mismo compás, les repetían: “sois libres, sois libres, sois…” Era enloquecedor. Todos repetían. Lo más sorprendente de todo es que no se fatigaban de su propia monotonía, hasta el punto de no sentir pena ni dolor por los grilletes que los maniataban. Por suerte, hubo un momento en que cambiaron el tono de sus exigencias para ahora exclamar: “queremos más, queremos más, queremos…” Resulta que todos estaban más que saciados de comer, hartos de tanta gula; habían comido durante toda la noche y ahora querían más. Eso sí, en ningún momento nadie dijo qué.

Aquella era la morada donde todavía reinaba la teoría que horas atrás estaba destinada a bañar a toda la humanidad. Sólo allí había funcionado la utopía. Descartes había detenido allí su mirada por un largo tiempo, con cierto regusto utópico, como en ademán de descanso ante unos fenómenos nunca imaginados por su fantasía. Su conciencia había sufrido demasiado como para no concederse un tiempo de sosiego. Al poco, ya recuperado del shock anterior, advirtió que otros cuerpos respiraban tras de sí en una proximidad inquietante. Se giró entre escalofríos, y allí estaban los centenares de intelectuales que, horas atrás, participaban exaltados en la orgía de la Utopía. Ni más ni menos que todos ellos se habían incorporado partícipes de una inmediata intuición de la que Descartes ya se había hecho eco. Sus rostros se mostraban pálidos, taciturnos, penetrados por ideas insondables para el resto de mortales. Se trataba de una frialdad tan dolorosa que me resulta difícil describirla con palabras. En aquel momento me avasalló una sensación de vacío, temblor y pánico que cerca estuvo de alejarme de ese salón y truncar esta oscura historia. Aquellos desalmados le miraban con un aire de soberbia, vanidad y omnisciencia más allá de lo humano, sin necesidad de recibir explicación alguna de la tragedia que estaba contemplando. Él y todos se miraban simplemente como inquisidores de conciencias corruptas que habían tomado el camino equivocado, tan corruptas que habían arrojado a toda su humanidad terrenal a los abismos de la ciega maldad. Todos ellos sabían tanto al respecto de los demás que no necesitaban esforzarse en vanos reproches, la mirada era suficiente; a veces, ni siquiera eso.

Parecía que nadie respiraba en aquel olimpo de las ideas. Los eruditos meditaban y meditaban, a buen seguro en búsqueda de la causa originaria de todo aquel estrepitoso fracaso. Apostaría a que todos estaban valorando los límites de los sistemas de pensamiento ajeno que habían tratado de conciliarse en el Gran Libro de la Utopía. Datos, sentencias, máximas, escolios, axiomas y toda clase de digresiones plasmadas sobre ese papel pasaban sin cesar por las navajas de la afilada crítica que aquellos ideólogos albergaban. Juzgaban el tiempo empleado en la redacción del programa para la utopía, la dureza de las negociaciones, las expectativas de los resultados. Nuestros críticos habían dudado en sus vidas de todo excepto del valor de su ideología, de su sistema de ideas. Ésta se caracterizaba por la perfección de sus formas, por el rigor de sus leyes, la justeza de sus exigencias, la novedad de sus pretensiones. Sobre todo, sus ideologías se justificaban ya desde la índole salvadora que todas ellas contenían. Todas sin excepción habían incluido una promesa capaz de redimir los males terrenales por siempre jamás. Ninguna se había resistido a la tentación de ofrecer un modelo humano tan exigente que fuera capaz de ejemplos de perfección por entre los hombres. La felicidad era el fin último de la teoría. Se trataba, pues, de construir la realidad en torno a una idea básica capaz de poner en movimiento el resto de fenómenos sociales y naturales, humanos y artificiales, libres y mecánicos, los cuales se entregarían plenamente a esa dicha idea. Lo fundamental aquí estaba en captar ese chispazo intelectual originario, esa idea que diera pie a fecundas especulaciones en torno a la utopía. Una vez conquistada dicha idea, la realidad funcionará servilmente para ella, sin mácula. En todo caso, cualquier traspié acontecido en la realidad no sería achacado a las debilidades de la ideología, sino que se hará formar parte de la propia estructura sistemática de la misma. La teoría nunca retrocede ante la realidad; si acaso, se enriquece. Esto último es de vital importancia para la estabilidad del narcisismo intelectual.

Así permanecieron estos narcisos durante largo tiempo, inermes a las corrientes de aire frío que entraban por los ventanales abiertos, ajenos a los gritos desgarrados de estómagos hambrientos, a los ruidos estridentes de velocidades desbocadas, a las grises tormentas que estallaban en los desiertos de afuera. Yo no sabía explicarme el sentido de aquella escena inenarrable, absurda y henchida de autoconciencia. Mis sensaciones proliferaban siempre en un espectro de angustia, ansiedad y sufrimiento ante los rugidos que llegaban desde el exterior. Además, tengo que añadir mi impotencia ante aquellos hombres que, tiempo atrás, desfilaban ante mí pactando por la utopía más ambiciosa jamás pensada. Por mis venas bullía una corriente irrefrenable de idolatría que me desmarcaba de aquella escena congelada en el tiempo; no podía fracturar aquel misticismo innecesario, pues mi condición en esa sala era la de mero testigo de un suceso extraordinario. Después de tantos discursos elevados y palabras lustrosas, mi espíritu se había sobrecogido hasta el punto de entregarme a ellos.

Alguien tuvo que decir algo para que la escena se agitase sin más; no tuve tiempo de registrarlo, pero tal vez fue un mero susurro de desprecio. Lo cierto es que aquellas estatuas de palabras se descongelaron inmediatamente para iniciar un tiempo de coléricas diatribas y toda clase de acusaciones despiadadas. Era como si todos hubieran recobrado su lucidez, como si todos se hubieran reapropiado de sí mismos, como si todos volviesen al solipsismo de antaño. Nada quedaba ya de las carantoñas y tuteos tan extendidos horas atrás. De los elogios y las alabanzas se pasó a la discordia más ácida. Todos los comparecientes parecían retractarse de sus anteriores palabras para así reafirmarse en los viejos discursos que tanta gloria les había propiciado en tiempos pretéritos. Ya nadie sentía sueño ni resaca, sino un profundo sentido de fraude provocado por los errores de los demás. “¡Cómo hablar de imperativo categórico si se están muriendo de hambre!”, decían algunos. “¿De qué Reino nos hablas si nadie sabe reinarse?”, decían otros. “¿Por qué el libremercado si están todos encadenados?”; esta acusación a Adam Smith era unánime.

Si no recuerdo mal, en ningún momento oí disculpa alguna, ni tampoco algún tipo de concesión o concordia. De nuevo asistí al espectáculo de los instintos humanos, no ya al de la embriaguez colectiva y soberana, sino a aquél que se clasifica en la categoría de la autoconservación de sí mismo. En las miradas de aquellos prohombres percibía el sádico deseo de reconstruir la utopía en perjuicio de los demás. Se trataba de ese placer singular que a veces sentimos cuando podemos superar a los demás en una habilidad especial y sacrificamos en ello nuestra propia salud. En este caso, se trataba de interpretar los errores del Gran Libro de la Utopía junto con los desastres del jardín, para así elaborar una nueva teoría capaz de corregir con mayor precisión aquello que los demás no supieron comprender.

Fue así como asistí a la inevitable paranoia que tenía que resultar de esa enorme fruición intelectual. Aquellos enfermos quijotados no tuvieron mejor ocurrencia que abandonar los ventanales, dispersarse en la sala y refugiarse en la soledad. Todos ellos disponían de cuadernillos y plumas con las que alimentar sus inquietudes del momento y dar rienda suelta a las tensiones de su pensamiento. Unos más que otros, en general se empleaban con pasión en la tarea de la escritura. Sus aceleradas caligrafías revelaban la urgencia del desafío que se les avecinaba: zanjar las controversias de extramuros. Su filantropía exigía este sacrificio al que todos se entregaban con el mayor de los entusiasmos. Poco importaban sus vidas personales, sus vicisitudes, sus amigos y allegados. Un aspecto desaliñado era buen síntoma de la entrega auténtica a la humanidad, a la teoría. Allí los observaba a todos, en silencio, frenéticos en su tarea, ajenos al resto, ávidos de reconocimiento y fama.

Mi estado seguía convulso, magnetizado, como presto a dejarse arrastrar por una de las dos disyuntivas que se me ofrecían. Aquellos mis ídolos estaban enfrascados en sus cuadernos, ahí, volando utopías, entusiasmados por la idea de volver a impresionarme con una nueva y definitiva construcción ideológica. Mis dudas atenazaban cualquier forma de tranquilidad que me permitiera juzgar con objetividad. Todos los intelectuales de la Historia estaban allí presentes por una vez, eran ya algo más que un simple libro y, sin tiempo para poder charlar con ellos, los encuentro de nuevo produciendo más y más libros, esta vez personales y propios.

Mis borrascas se disiparon con el grito de una niña que clamaba desde fuera. Fui de inmediato hacia los ventanales, y desde allí vi a una niña despojada que atravesaba toda la escena corriendo y suplicando con horror. Pronto pude identificar esos chillidos guturales: “¡Basta de utopías, basta de utopías!”. La pureza de estas tres palabras era comparable a la desnudez de su cuerpo. Con esa imagen me invadió una sensación de sinceridad tan auténtica y carnal que en nada podía compararse con las escenas que había descrito anteriormente. Mi piel se arrugó, se ruborizó, se desfiguró con la simpleza de esas palabras. Yo había leído ya muchos libros a lo largo de mis días en vida, conocía perfectamente a todos los firmantes que acudieron al protocolo del Gran Libro de la Utopía, pero puedo asegurar que nunca recibí tanta verdad inmediata como la que me suscitaron los llantos de la niña. Podía sentir en mi sensibilidad interior un dolor nefando perfectamente semejante al de ella, hasta el extremo mismo de compartirlo.

Estaba apoyado sobre el alféizar del ventanal conforme se me hinchaban las venas de mis brazos, endurecía la dentadura y tensaba mis facciones. Me armaba de valor para recibir toda una ráfaga de verdades que empezó a penetrar por los poros de mi cuerpo. En esos momentos, lo más aconsejable es permanecer inmóvil y abrirse lo máximo posible a ese heraldo de la novedad, por muy doloroso y revolucionario que éste pueda llegar a ser. Estaba recibiendo nuevo ser, nuevas inquietudes, nuevas actitudes. Se trata de un momento especial donde se mezcla el dolor por la muerte de los hábitos viejos y la liberación que supone los nuevos horizontes existenciales. Tomé fuerzas y me giré hacia todos los laboriosos que trabajaban en el salón. El contraste era de órdago: de un lado, un silencio metafísico; del otro, gritos descarnados de una niña violada por la utopía. Fue entonces cuando empecé a sentir verdadera pena por aquellos infelices. Mi rabia se dirigió hacia el Gran Libro de la Utopía, empujando su atril y arrojándolo al suelo. El estruendo de ese enciclopédico volumen no fue motivo de la más ligera mutación en todo el salón, hasta el punto de sentirme yo mismo el único sobresaltado. Esto fue definitivo, pues no hizo más que incrementar mi impotencia y decepción hacia los actores de aquel macabro teatro literario.

Mi suerte se había decidido. Tiempo atrás había creído en viejas utopías susceptibles de mejora, y a ellas me entregué con el mismo interés que sus mentores. Leía y leía tratando de encontrar la panacea que remediase la patente insaciabilidad del ser humano en lucha contra su propia especie, contra sí mismo. Me preocupé de todas esas cuestiones, y a ellas destiné buena parte de mis energías. Mi sueño siempre fue el de presidir el mediodía del futuro, un pacto histórico donde los grandes de la Historia tomasen partido en la redacción de una utopía redentora. El lector ya sabe que por fin vi cumplido mi sueño, pero también debe saber que eso no me halaga especialmente. Fui el único en presidir los debates más titánicos de la Historia, yo sólo entre los más grandes de todos los tiempos, arbitrando las normas del juego. Pero ya ven, unos pocos gritos me arrojaron hacia un desengaño definitivo del que, todavía hoy, me siento orgulloso de haber afrontado. Decidí marcharme de aquel salón, con el ánimo de abandonar aquel clima entre sublime y sucio, entre las mágicas palabras y los desperdicios de una noche de carnaval. Unas horas de realidad bastaron para tirar por la borda varios milenios de utopía. Aquel vertedero humano, rescoldo de una gran teoría, me desengañó definitivamente de aquellos impostores. Ahora era una nueva llamada la que clamaba mi presencia: los gritos de aquella pobre niña. Fue justo entonces cuando dejé de escribir la historia con mayúsculas.

1 comentarios:

Eloy dijo...

Pues que decir a tu relato... En una palabra: Conmovedor.

A pocas horas de emprender una aventura como es la de vivir en otro pais durante un año o más, tu relato me anima a no olvidar el objetivo final de mi viaje (al margen de pasarlo bien)... El objetivo de un viaje de Voluntario Europeo debe ser sin duda cambiar el mundo, en las posibilidades que cada uno tenga.

Te iré informando de como cambio el mundo empezando por cambiarme a mi y espero que estemos en contacto como extremos de la telaraña digital a la que perteneceremos gracias a internet y a este mundo que avanza más rapido que nosotros mismos...